3.10.03

Tarjetas

No existe el miedo al papel en blanco, ni el bloqueo del folio en blanco, ni nada de eso. Todo lo contrario. Sólo se le teme a la memoria, aunque este temor sea en futuro, aunque suene a paradoja e incluso lo sea. Pero el vacío no tiene siquiera filo. Es bien redondo. Suave incluso.

Estos días me he recordado unas cuantas veces escribiendo tarjetas de navidad. Un montón inmenso. Una mañana. O dos mañanas de pares de frases y saludos. Todas las tarjetas tan juntas unas de otras y dos días después, tan separadas. Una mañana. O dos mañanas deseando acabar, o hacer una pausa para un café y un pincho de tortilla. Porque lo único que uno ve en esa mañana de invierno —lo juro— es un montón inmenso. Luego se va inventando salidas, puertas traseras, cansancios, hambres, lo que sea con tal de esquivarlo. Por si ha desaparecido el montón al regresar de la cafetería. Estos días me he recordado unas cuantas veces escribiendo tarjetas de navidad para personas a las que quería que le llegaran la frase y los saludos. A algunos, los abrazos. Es difícil escribir tan juntas tarjetas que luego tienen que vivir tan separadas. Son difíciles esos treinta segundos que luego se hinchan y duran hasta mediados de enero, o febrero. O hasta nunca, porque se pierden pegados a una esquina del buzón. No tiene el mismo tiempo quien escribe la tarjeta que quien la lee. Y tiene mucho menos que quien la relee. Una relación asimétrica de la que no se acuerda quien lee, y que tiene presente quien se sienta junto al montón. No existe el miedo al papel en blanco, ni el bloqueo por el vacío. Ni nada. Es la asimetría que empieza a crecer cuando ya se ha escrito.

Por eso estos días que me recuerdo tantas veces con las tarjetas de navidad, intento dar con palabras capaces de hincharse con el tiempo de cada uno. Que no se queden flojas por culpa de un agujerito por el que se les escape la fuerza. Que no difieran mucho de las que querrían leer. Y de las que querrán leer. Sé que si no es inútil, poco le falta. También sé que habrá a quien no le importen un carajo la frase y los saludos. Pero a mí sí.