2.4.04

Cazadores

Enseguida me di cuenta de que en esa libretita medio acabada y con pinta de agenda inútil no apuntaba la lista de la compra. Por cómo miraba al vagón. Cazaba gente, un pedazo de esa gente que se quedara enganchado dentro del vagón, una frase, una mirada, ninguna mirada o un reloj atrasado. Al principio no se sabe lo que se está cazando. Lo único que no miraba era la libreta. Le daba vueltas, colocaba hacia arriba el lado no escrito. Cazaba.

Cuando quedó libre el asiento de al lado, ahí me dejé caer, con mi libro de Eduardo Galeano, y enseguida vio los dibujos, los textos cortos. Creo que leyó uno y se agachó para intentar ver la portada, El libro de los abrazos. Y seguí leyendo, como si fuera un cebo. Levanté un poco la cubierta para que pudiera anotar, y se agachó de nuevo. Mientras leía, perfecto en mi papel de cebo, se me ocurrió que quizá podía sacar yo mi libreta y demostrar que yo también había empezado a cazar. Por ver cómo ella anotaba en la suya que un tipo que se le sentó al lado con un libro de Galeano sacó la libreta y apuntó que ella estaba apuntando todo esto. Un interminable juego de espejos en el que se miran y disparan dos cazadores. Mientras que el resto del vagón no se entera de nada y discute qué parada es la mejor para bajarse con una maleta enorme y muy marrón. Pero no llevaba bolígrafo en el bolsillo. Además, me sucede como a ella, que prefiero que no vean lo que ando escribiendo, prefiero apostarme en una esquina. Aunque he encontrado también que la mejor esquina, sin duda, es la memoria: guardar para luego todo lo posible sin tener que escribir delante de nadie. Y sobre todo no quería que ella se sintiera como yo me habría sentido si alguien hubiera descubierto que andaba esperando. Que cazaba.

Así que seguí leyendo otro par de páginas de Galeano –una, titulada Cortázar–, sin moverme mucho, con la cubierta despejada para que ella anotara lo que quisiera. Aunque controlando de reojo si seguía en lo suyo. Me creí un cebo perfecto, el mejor cabritillo para atrapar un león. Entonces dejó de mirar y escribió en tres páginas distintas de su agenda: PARÍS.