1.4.06

Dos robos

Hoy sólo puedo cometer dos robos. Uno, a mí mismo. Aunque no es del todo robo: es algo así como colocar el último punto a un borrador. La extraña sensación de reconocer algo tres años después, de saber que se podría escribir de nuevo palabra por palabra, que no se ha acartonado. Nada. Decía (dice) así:

La soledad es una canción de Bob Dylan en un estadio vacío. Un tren con bar que no se detiene en el andén donde esperamos con la bufanda apretada. Es una luna llena que tiembla sobre un lago. Ese mismo lago, en mitad de la tarde, con un flotador clavado justo en el medio. Es el viento rojo, inflamado, de una tarde larga de verano. Ese sol inmenso que se posa en el hombro del que maneja la barbacoa. La soledad es el traqueteo sordo de aquel tren iluminado en el que dejé un libro con las viñetas del tigre, del niño. La soledad es un tipo que despreció una cerveza, un palacio de hielo sobre el río escondido. Una lata de atún. Una mochila ligera. La soledad es la pipa que oscureció Budapest. Esa foto movida, de aquel chino amable. Un poco a la derecha, que no sale la vela. Ahora a la izquierda. Un poco, solo un poco. Esa foto movida, que es la única foto, atravesada en el corcho con un alfiler naranja. La soledad es el frío, es el frío de aguja, el frío gris, con los agujeros de siempre. La soledad es el café, el diario, los churros, una niebla apretada contra los vidrios de casa. La soledad es la tele y las noticias del jueves, la pasta bien dura y una copa de vino. Una manta muy grande, un abrigo colgado. Una percha vacía. El aliento en invierno, un montón de castañas. Una taza caliente, una estrofa pirata. La soledad es un perrito que acaricia un zapato, un asiento vacío, una luz en el coche. Es, también, a veces, Van Morrison en el piso de arriba, y esas cervezas en la nevera. Un buen precio de sardinas a la brasa. Dos olas más. Una gran nube. Esa roca cortada hacia abajo. Ese humo, ese humo de sardinas asadas. Una tormenta que peina el maizal. Ese trueno. Esa luz. Esa ola cruzada. Ese tren que no para. Esa niebla blandita que se cierra en el rostro. Un poco más a la derecha, ahí, ahí estás bien, a ver, ahí va. Esa foto movida del chino amigo. Esa foto movida, la única foto. El alfiler naranja. El otoño que esperaba dentro de la ventana. El otoño. El mismo otoño. El sol que se cuela dentro de la primera caña. La misma terraza. Un cuaderno, una frase, un verso robado. La soledad es el tipo que se cuelga el trapo en el hueco del codo, el que recoge las sillas, el que apaga la luz. La soledad era esto y todo lo contrario. La soledad, la soledad buena, que era y no es ya; que ahora miro una foto sin hueco, unos hombres pescando, la lluvia por sorpresa, y el pescado más fresco en el bar de la playa.

El otro robo lo sufre una víctima infinítamente más ilustre, T.S. Eliot, un tipo que a veces da miedo, detrás de esas gafas y de ese rostro; pero que escribió el poema Una dedicatoria a mi mujer, del que hoy yo me llevo el final. Para completar lo mío:

"Pero esta dedicatoria es para que la lean los demás:
éstas son palabras privadas que te dirijo en público".

balazos: Tú

Technorati tags: