2.6.06

Dolientes

Al llegar al dolor puede encontrarse uno con la sensación de que está haciendo caja: suma, resta, mira luego el fondo del cubo y ve qué pedazo le ha quedado. Lo más extraño puede ser que uno descubra que el dolor no le pertenece, o no del todo. Evidentemente, siempre he pensado que esto era una estupidez completa hasta que vi ayer los coches negros transportando personas dolientes de un lado a otro, detrás del ataúd de Rocío Jurado, entre motos de policía, gritos y claveles.

Los coches negros iban de la casa al velatorio, y allí se quedaban los dolientes en medio de la turba, en una sala sin recovecos para que se escondieran de las cámaras. Pasaba la turba, y en la turba, de cuando en cuando, alguna pepita brillante, algún conocido que se paraba delante del viudo y le contaba algo. O a lo mejor sólo movía los labios y daba palmadas, porque alguien olvidó colocar también micrófonos. Sucedían esas escenas de las palmadas a un lado del ataúd, mientras al otro se desvanecía la hija, el hermano, la cuñada y el marido que les agarraba las manos. Se deshacían como disueltos en lágrimas y diazepán, mientras lo daban en directo cuatro o cinco canales de televisión. Nueve horas creo que se pasó el viudo de pie, adelgazando a golpe de abrazo. Nueve horas creo que se pasó la hija escurriéndose en el asiento, recolocando de cuando en cuando las banderas que cubrían la caja. Nueve horas que terminaron de nuevo en los coches negros, que se llevaron a los dolientes a través de Madrid para montarlos en un avión, y así volver a empezar, aunque en otro sitio. La turba y sus claveles, las lágrimas, siempre a la vista, siempre en directo. Con ese panorama no resulta tan extraño que uno termine preguntándose por la propiedad del dolor. ¿De quién es? ¿Nos pertenece? ¿Podemos destruirnos o vencer en paz?

Ayer, en aquella sala del velorio, no dejaba yo de buscar un rincón en el que alguien pudiera llorar a solas. Un sitio al que llevarse un pedazo del dolor como quien se lleva el último trozo de tarta. No dejaba de pensar en esos dolientes en disolución sin escondite posible, en que querrían estar solos… O no, a lo mejor lo que pasa es que no querían.

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