9.6.06

La nube despedazada


La acumulación de detalles. Como un jarrón que cae al suelo, desintegrado en millones de pedacitos. Se llena la sala de detalles, y en cada trozo se escapa, montado, un poco de horror. No es ya un horror, sino una capa de minúsculos pedazos que ni siquiera dejan ver el suelo. Así que había un tipo en la sala, de uniforme, con un palo fino, una especie de puntero, que señalaba partes de la cara del muerto en una pantalla. Como si examinara una radiografía. Aunque es Al Zarqaui, jefe de Al Qaeda en Irak. Muerto.

El tipo del palito es el general William Caldwell, portavoz norteamericano en Bagdad, con el gesto apretado de quien acaba de comprar un van gogh y desea, al borde del vahído, que no sea falso. Recorre con el puntero el rostro de 25 millones de dólares –la recompensa ofrecida– y explica cómo se han asegurado de que se trata de un van gogh. Huellas dactilares, fisionomía, tatuajes, cicatrices. Hasta ADN. Es un van gogh. Fíjense, si no, cómo dieron con él. Dos cazabombarderos F-16 se acercaron a la casa en la que estaba y dejaron caer dos bombas de 227 kilos. A las 18.15, hora local. El hombre del palito llega incluso a mostrar un vídeo grabado desde uno de los aviones en el que se ve cómo estalla una casa. No hay duda: cayeron bombas sobre una casa. Es impecable el hombre del palito, de una exhaustividad endemoniada. Creo que también dio nombres de batallones, escuadrones, divisiones... ones. Un festín. Para quien se quedó con ganas de postres, hubo más. The New York Times publicó poco después la secuencia precisa de quién supo qué en qué momento y antes que quién sobre el muerto de la foto. Desde el mensaje al móvil al palito del general. Incluso ese momento intermedio en el que Bush se entera, pero resiste la tentación de inundar el mundo con los detalles. Qué temple.

Qué precisión la de estos americanos. Ni un fleco sin repasar, ni un análisis, ni una yema de un dedo. Con sus aviones y sus cosas: todo en vídeo, no vaya a ser. Los detalles. Hinchándose como la espuma de cerveza hasta que no cabe en el vaso que han matado a un hombre. (¿Alguien ha leído, por ejemplo, su edad?)

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