5.9.06

Oro entre llamas









La televisión lleva un par de horas enfrentándose al problema. Arde la que iba a ser la torre más alta de Madrid a unos 800 metros del lugar en el que la selección de baloncesto, los campeones del mundo, celebran la medalla con unas cien mil personas. Los contrarios simultáneos, o algo así. Debe de algo con un cierto parecido a lo que le sucedió a Pepu Hernández, el entrenador, cuando se enteró, poco antes de la final, de que su padre había muerto. O después de haber ganado ya: él en Japón; el padre aquí. Las llamas como fondo escénico de la fiesta, o algo así. 800 metros detrás, quizá un poco más lejos.

Aunque debe de parecerse más incluso a lo que le sucedía hace un rato a Pepu: el padre muerto, incinerado ya; y él, que acaba de ser campeón del mundo, el único entrenador español que lo ha conseguido. No sé si se puede decir que la muerte se levantaba como fondo escénico de la alegría. No sé si eso es posible. Pepu lleva más de un par de horas enfrentándose al problema. La televisión lo ha arreglado con dos ventanitas: una para el fuego y otra para las barbas de Gasol. Pepu no sé cómo lo hace. No debe de ser tan sencillo como lo de las ventanitas. Y cuando acaben con el fuego en la torre, dentro de un rato, no puedo imaginar cómo va a encontrar Pepu el interruptor para apagar su fondo escénico, el dolor.

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