17.11.06

La fortuna invisible

El recorte es un pedazo de la portada del diario El País del martes. También puede tratarse del resumen de una angustia, e igualmente del blanco de unos cuantos miles de indignaciones. Sin embargo, dejadas a un lado las quejas silenciosas de los lectores que, mientras desayunaban, pensaron “qué capullos”, queda una angustia con un tamaño exacto de 1.800 millones de euros.

O quizá sean varias las angustias que se revuelven entre quienes habían urdido la acumulación de tamaña fortuna, malabar tras malabar, hasta el último blanqueo. Tanto riesgo, tanto trabajo, tanto ingenio. Las veces que quizá se obligaron a no comprarse un Ferrari por no llamar la atención y provocar así que se fuese todo a la mierda. El tipo al que se le ocurrió todo mira ahora la portada del diario y ve que no hay remedio. Es posible incluso que pase por delante del banco, sabiendo que camina a pocos metros de su dinero, pero que ya no puede alcanzarlo. Estas fortunas secretas es lo que tienen: en cuanto se pone todo el mundo a mirarlas, desaparecen. Están ahí, pero valen exactamente lo mismo que el pedazo de la portada del diario. El tipo puede recortarlo, ponerlo en la cartera y circular por ahí como quien se mueve con el retrato de una ex amante entre los billetes de 50. Imaginando, quizá, que mientras no pierda la foto no desaparece del todo la chica, convencido de que hasta ese instante el abandono todavía no es total. Puede verse perfectamente al tipo, una noche, en un bar, susurrando a una rubia: “Mira, mira, jeje, una vez estafé 1.800 millones. ¿Qué te parece? Y todavía sé dónde están… Si quieres, un día puedo llevarte”. Puede que incluso lo haga. Pero lo que es seguro es que continuará siempre con sus paseos por delante del lugar de la caja fuerte.

Porque lo que le sucede al tipo del malabar financiero es que carece de la audacia del ladrón de bancos. Entonces sí que podría cometer el acto absolutamente memorable de atracar el banco que custodia su propio botín. Después de eso sí que podría guardar un recorte que estaría dispuesto a envidiar. Pero por ahora sólo le veo el encanto del tirano feo que muere con cuentas repletas en un banco suizo.

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