8.12.06

La máquina boba

Algunas crónicas escritas sobre las partidas de ajedrez que jugó el campeón del mundo, Vladimir Kramnik, contra el ordenador Deep Fritz alcanzaron el tono apocalíptico de momentos cercanos al fin de la especie. La máquina derrotaba al hombre. Como si la tal máquina hubiera llegado al lugar de la partida en su propia nave después de chapotear en los regueros de Marte. Oh, la máquina. Qué capacidad. Qué partida la última: destellos casi humanos se le vieron. Y así.

Pero mientras se hinchaban las loas al aparatito, los tipos que habían programado a Deep Fritz –humanos, sí– se dieron cuenta de que si seguían así, su invento sólo iba a servirles para que jugara partidas con Deep Frotz o cualquier otra máquina que apareciera. El juego se destruye cuando no encuentras a nadie que quiera apostar. Casi sin querer habían encontrado el meollo de este supuesto reto de las máquinas a nuestra especie: “Tenemos que encontrar un sistema inteligente para jugar peor”, fue una de las conclusiones de Mathias Wüllenweber, programador de la cosa. Se ve que resulta mucho más complicado reproducir los errores humanos que los aciertos. Esos pequeños despistes que rompen un verso, que olvidan un compás, que equivocan el camino y encuentran de repente un claro que antes no existía en aquel mismo bosque. La perfección de esta máquina procede de la enorme capacidad de cálculo que han logrado construirle. En pocos segundos, prueba y descarta millones de movimientos, hasta los más idiotas. Y cuanto más le aumenten esa velocidad para calcular, más arrolladoras serán sus victorias sobre el tablero. Esta vez, los mejores resultados que ha conseguido Kramnik han sido las partidas que terminaron en tablas. En el próximo enfrentamiento, quizá ni se acerque a eso. Pero a esa mejoría por acumulación le falta algo.

Y no digo para poner en jaque a la especie –imaginen el momento en que la máquina decide dejar la sala vacía de las partidas: a eso sí que no llegan sus cálculos–. Sabremos que Deep Fritz es capaz de ganar siempre al ajedrez, pero quizá no pueda volver a hacerlo. Como al niño camorrista, va a resultarle difícil encontrar con quien jugar.

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