20.3.07

Tormento en blanco y negro

Miro la foto, portada en The New York Times, Pulitzer en 1994. Está la foto, y está también quien la disparó, Kevin Carter. Sobre él dice John Carlin:
Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante.
A pesar de que Carlin conocía a Carter, no consigo estar seguro de que la respuesta a la primera pregunta sea sencilla. Aunque lo parezca. Aunque todo encaje. El intento de responder a la segunda respuesta sí que parece más interesante. El esfuerzo de deshacer un complicado y cruel embrollo:
En marzo de 1993 [Carter] se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.
Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto.
Un poco antes, en el mismo texto, John Carlin, dice algo más. Y aquí se podría sustituir la palabra "cámara" por "cuaderno", "ordenador", "teléfono satélite", "hora de cierre":
Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión.
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