1.6.07

Riis, el palabrista

Al día siguiente de que Bjarne Riis ganara en la cima Hautacam, después de subir los 13 kilómetros con plato grande, L'Equipe tituló en su portada: "Esto sí es un campeón". Ay, las palabras...

El que ya no era un campeón, el de siempre, había llegado siete minutos y seis segundos más tarde. "Bjarne Riis me ha reventado. Ha atacado tres veces y a la cuarta no he podido salir a por él", contó Indurain cuando por fin llegó, su sexto Tour desaparecido ya.

Sucedió en 1996, en uno de esos días en que aquel danés calvo tan antipático se subía a los pedales con el empujoncito de un chute de EPO. Aunque eso no lo ha contado hasta ahora: "Me dopé, tomé EPO [eritropoietina] entre 1993 y 1998. Formaba parte de mi vida cotidiana. Yo mismo la compraba y yo mismo me la administraba".

Y mientras, también por la carretera, le seguían cronistas rebuscando palabras en las cunetas:
Rominger y Berzin tuvieron problemas y, a falta de 7 kilómetros, después de haber descendido a la última posición del grupo como para tomar fuerzas, Riis se levantó y se perdió por las curvas populosas de Hautacam.
Fue un ataque de alto voltaje, definitivo. Tomó unos metros, la boca abierta, la calva húmeda, el maillot desabrochado. No miraba atrás. Virenque, Dufaux, Leblanc y Piepoli aguantaron ese instante histórico. Indurain no. Se fue quedando atrás, sentado, moviendo la cabeza y la bicicleta. Se le fueron Olano, Escartín, Brochard, Rominger... el Tour al revés.
Riis seguía adelante ganando la etapa, las banderas danesas, la venganza de algunos periodistas franceses hartos de Indurain y el Tour. Sólo dudó un poco. Sufrió a dos kilómetros de meta y rebajó su ventaja a 28 segundos con respecto al grupo de Virenque. Pero vio la luz en esta tierra de milagros antiguos y venció como un dios pagano.
Después de la confesión se ha repetido mucho que Riis debería devolver el maillot amarillo, pero nada se ha dicho de las palabras reventadas también por aquellas jeringuillas, volando alocadas y absurdas, como un globo que tropieza contra un cigarrillo al que se le ha soltado el nudo. Y es extraño. No sólo por las palabras, y quien las buscó y juntó después de emocionarse, o emocionado aún. También está lo que piensa del maillot el calvo: "Está aquí, en el garaje de mi casa. Pueden llevárselo cuando quieran. Lo que nunca me podrán quitar será lo que sentí en aquellos días". Como una buena juerga, vamos.

El maillot ya sabemos dónde recuperarlo, pero los globos reventados de las palabras no puede uno ir a recogerlos al garaje del calvo. ¿Qué hacer con todas esas páginas de periódico, con todas aquellas horas de televisión, de radio? Esas emociones. Esos disgutos por el inexistente sexto Tour.

Nunca sabremos si fue una grieta en su rutina de anestesista en prácticas, o una leve compasión por las palabras heridas; pero al día siguiente de lo de Hautacam, con la portada de L'Equipe en los quioscos, la etapa terminó en Pamplona (homenaje a Indurain), y Riis, de amarillo, le dijo: "Yo ganaré el Tour, pero tú eres el más grande".

[Gracias a Ander, que me mandó parte de la historia]

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