20.7.07

Fontanarrosa

Es curiosa. La pena, digo. Inexistente si uno se pone a mirarla así fijamente, por separado. Algo así como intentar creer en la existencia del gas sin tener un buen frasco a mano. La pena de hoy, la de Fontanarrosa, que se nos acaba de morir, la única razón de que no sea un puro espectro es que respira apoyada en un día feliz. Un ratito que charlamos en la Residencia de Estudiantes, y una tarde larga que me pasé peleando con las palabras.

En eso iba pensando todo el rato cuando venía ahora hacia casa, ya con la pena esta. En que podía parecer algo injusta, pero que no lo era. Porque nos reímos largo aquel ratito de mañana. Desde que me senté y le pregunté que cómo les había dejado a los editores que se largaran un libraco de 870 páginas, que ni se podía llevar en el metro ni nada. “Y sí… ¿Vos te podés creer? Pienso que lo hicieron para no tener que traerme más”. Y fue la última vez. Por entonces, hace casi tres años, ya casi no escribía cuentos. Sobre todo dibujaba viñetas y juntaba ideas y chistes para los espectáculos de Les Luthiers, que le seguían matando de risa: “Y eso que, cuando iba al teatro, ellos me decían: ‘Ponete en una butaca en la que no te veamos la cara. Detrás de una columna”. Le pregunté si es que no se reía: “Sí, yo creo que me río, pero se ve que no soy muy expresivo. ‘Vos con esa cara que tenés de amargura’, me decían. Y es mentira, porque son unos hijos de puta…”. Algo de cara amarga sí que traía, pero se le iba enseguida. Como si esa cara fuera la que se ajustaba en casa al salir, del mismo modo que otro se amarra la corbata para perderla luego en la primera vuelta del baile. Y a Fontanarrosa le iba el baile. Bastaba, pongamos, con que se acordara de Menem: “Era una fiesta. Además, lo suyo era una competencia desleal. La cantidad de cosas absolutamente delirantes que hacía permitían mucho”.

Lo pasamos bien, pensaba hoy pensando también en la pena. Sin entender. Hasta que alcancé la última frase: “Yo sufro más el sufrimiento del fútbol que lo que me alegra la alegría. Uno piensa que con la edad va a llegar la sabiduría, que se me iba a pasar. Pero es peor. Me amargo como un pelotudo cada vez que pierde Central”.

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