21.9.07

Cazar con Leica

Cuando le preguntaron qué pensaba de la Leica, Cartier-Bresson dijo que era como "un beso grande y cálido, como el disparo de un revólver, y como el sofá de un psicoanalista".
Lo cuenta Anthony Lane en un reportaje del New Yorker sobre las Leica y sobre los fotógrafos que, desde 1925, después de probarlas no pudieron separarse de ellas. Como le sucedió a Cartier-Bresson:
Nunca he abandonado la Leica. Cualquier otra que he probado simpre me ha devuelto a ella. No digo que esto también le pase a otros, pero en lo que a mí me toca es la cámara. Literalmente es la extensión óptica de mi ojo.
Es un arma perfecta para la caza. Lane recuerda en el texto una gran diferencia respecto a las demás de la que han hablado también Ralph Gibson y René Burri, por ejemplo. En el instante del disparo, la Leica no ciega la vista. La foto deja de ser aquello que quedó oculto (como flotando en la nada) entre lo que se vio justo antes de disparar y justo después.

Pero antes de disparar, Cartier-Bresson recuerda algo que vale igual para cazar fotos, metáforas o historias:
El fotógrafo debe tumbarse a esperar, vigilando su presa, y tener un presentimiento de lo que está a punto de suceder.
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