24.9.07

El balcón

Llevo unos días esperando que vuelva a suceder. Para ver si entonces ya entiendo por qué se parece tanto un balcón a un beso. Incluso a una botella de whisky. Y a la canción favorita. Sin embargo, en el camino de vuelta a casa, no he vuelto a encontrarme a las dos mujeres que tomaban el fresco la otra noche apoyadas en la reja de su balcón. Un balcón que cuelga directamente sobre la acera, quizá unos cuarenta centímetros por encima, de modo que la gente que caminaba por allí pasaba casi rozando a las dos mujeres. A pesar de todo, ellas mantenían la vista igualmente perdida en el fondo. Como si estuvieran en otra parte. Al otro lado del espejo. Aunque todavía me resulta imposible saber qué las había trasladado. No era la palabra. Casi ni hablaban. Frases cortas escupidas con cierto desprecio. Y sin embargo habían escapado, el mundo desvanecido alrededor. Como en el interior de un beso, o en la tercera copa de vino. Salvo que sí que estaban allí, contemplando la nada desde ese balcón, que es algo así como detenerse en la acera, entre un gentío apresurado, a comprobar si quedan monedas en el bolsillo. O a anudar un zapato.

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