28.9.07

La ficción y el dolor

A los novelistas se les celebra mucho eso que dicen de que escriben para vivir vidas que no les han tocado, meterse en peleas para las que no tenían agallas, viajar adonde no llegarían, conocer chicas para las que no tienen tiempo porque están ante el ordenador. Se abren las bocas ante su audacia, pero no se soporta que alguien traspase la novela y salga la calle a comprarse un café en el interior de una de esas otras vidas. De ahí la alarma con Tania Head, que ha decidido que prefiere quedarse con la vida falsa de quien consiguió salir de la planta 78 de la torre Sur del World Trade Center después de que estrellaran contra ella el segundo avión.

Tania ha contado que trabajaba en Merril Lynch y que aquella mañana murieron todos los miembros de su equipo. Pero Merril Lynch no encuentra ni un solo documento con su nombre. También ha dicho que estudió en Harvard y Stanford, pero esas universidades no dan con su expediente académico. Ha mantenido que estaba prometida con un joven llamado Dave que trabajaba en la torre Norte y que murió en el atentado. Se iban a casar el mes siguiente, pero la familia de Dave no tenía noticia ni de ella ni de la boda, y su compañero de piso no le había echado en falta los días que ella dice que pasaron en Hawai, el lugar donde se comprometieron. Con todo eso y con la rareza de haber sobrevivido en una de las plantas más cercanas al impacto del avión, Tania fue escalando posiciones en la estructura de la Red de Supervivientes hasta alcanzar la presidencia. Además, trabajaba también de guía en las visitas guiadas a la Zona Cero. Y lo hacía todo sin cobrar. Le gustaba la vida en la que se había metido, el resultado del dolor que se había echado a las espaldas. El dolor inventado duele igual. Le gustaba y decidió quedarse en ella.

Todos los 11 de septiembre acudía al agujero de las torres y dejaba un taxi de juguete y un ramo de flores, porque, según había contado a una amiga, Dave y ella se habían conocido peleándose por entrar en uno. Él le dio su tarjeta. Ella, enfurecida, la tiró. Pero se encontraron más tarde en una reunión y empezaron a verse. Quizá merezca quedarse en esa vida. Pocos novelistas hay tan meticulosos.

balazos: Nostalgia del miedo