27.1.09

Periodismo de vida y muerte

Los periodistas que escriben obituarios son como el barquero Caronte que cruza las almas al otro lado del río de los muertos. Muchas veces empiezan el trayecto con el personaje aún vivo. El New York Times, por ejemplo, tiene ya escritas unas 1.300 de estas crónicas. Vidas inconclusas cerradas en un texto, que no siempre se escribe a sus espaldas. Como cuenta en sus respuestas a los lectores Bruce Weber, uno de los periodistas de la sección, a veces piden la colaboración del futuro finado: "¿Querría ser entrevistado para su obituario?", les preguntan.

Ellos, al verse con un pie en la barca, piensan de todo: "A algunos les divierte. A algunos les horroriza. Algunos se muestran ansiosos por decir la última palabra. Algunos no podrían imaginar algo más macabro y de peor gusto", cuenta Weber.

Él sobre todo se ha encontrado con lo último, porque nadie ha querido hablarle todavía para esa pieza. De todos modos, se pone a escribirla, mientras el otro lo sabe y masca su silencio. Saber que se están juntando esas palabras debe de ser algo así como recibir un primer disparo que todavía no resulta fatal.

Luego, cuando ya se han ido de verdad, las cosas cambian. Weber vuelve a llamar a la familia antes de publicar la pieza: "Los familiares casi siempre están dispuestos a hablar –cuenta–; de hecho, tienen mucho interés en hacerlo. Creo que perciben un obituario del New York Times como un reconocimiento a una vida notable".

Eso, evidentemente, lo sabía el finado antes de serlo. Pero incluso Weber parece querer resistirse a ese primer balazo leve. Uno de los lectores le pregunta si ya ha escrito su propia necrológica: "¿Debería preocuparme? –contesta–. ¿Sabe usted algo que yo no sepa?".