4.2.09

Arrepentimientos

Mientras corría me acordé de John Updike y corrí un rato pensando que le habría venido bien un pulsómetro como el que me iba pitando avisos de vez en cuando. No me acordé de él porque haya muerto hace poco, sino por aquello que le preguntaron en una entrevista sobre qué sentía cuando estaba delante de las estanterías con sus más de 50 libros. Recordé mientras cruzaba el parque cierto arrepentiemiento en la respuesta, pero tuve que esperar a volver a casa para encontrar de qué tamaño era ese arrepentimiento y qué forma lo contenía.

“Los primeros años, cuando sólo había seis o siete libros –decía Updike en aquella entrevista–, me llenaba de satisfacción contemplarlos. Ahora es distinto. A veces pienso que quizá debiera haber escrito menos y entonces no puedo evitar sentir cierta repugnancia, como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento”. Entonces, con la versión auténtica del arrepentimiento delante, me acordé de un rato antes, cuando estaba corriendo, y oía de cuando en cuando saltar el aviso del pulsómetro. Estaba programado para pitar cuando me salía del plan: si el corazón latía demasiado deprisa, o si lo hacía demasiado despacio. Según dicen los planes de entrenamiento, escogiendo bien los límites entre los que puede oscilar el número de pulsaciones, se consigue regular el esfuerzo con gran precisión. De tal forma que uno sabe desde el principio que si respeta los pitidos de aviso, será capaz de alcanzar el final de la carrera, y lo hará, además, exactamente del modo en que lo había previsto. Pensaba en esto, y en lo útil que le habría sido a Updike al comienzo saber qué debía hacer durante el camino para no sentirse al final, ante sus libros, “como si fuera un elefante delante de una montaña de excremento”. Eso es precisamente lo que evita un pulsómetro: alcanzar el final y sentirse montado sobre un montón de mierda, o no llegar a tener nunca nada que colocar en las estanterías.

A Updike le sucede con su biblioteca lo que a casi todos con nuestra vida. Sólo habiendo hecho o confiado de más, o de menos, somos capaces de plantarnos y entender cómo debería haber sido. Cuando ya casi no sirve de nada porque ni queda tiempo ni espacio en las estanterías. Pero no existe otro modo de saberlo, ni hay pitidos de aviso. Así que quizá correr sea lo más sencillo que uno puede hacer sin riesgo de una gran mierda final.