1.12.11

Una historia de fútbol y frío

Salvo las de los sábados, el bar de la ciudad deportiva del Getafe está cerrado por las mañanas. Es un bar como de piscina de pueblo de verano, con sus sillas de plásticos en la terraza, sus mesas apilables y una barbacoa que los fines de semana reparte panceta. La casita levantada al lado de los campos de fútbol, también tiene aparcado contra una pared una réplica del coche fantástico para niños que consiguen una moneda de los padres. Pese a que ayer por la mañana el bar estaba cerrado, el coche mantenía en marcha su reclamo, el tiruriru sintonía de la serie.

La cantinela se arrancaba sola por sorpresa, y los pocos que rondaban los entrenamientos del primer equipo y del filial se miraban intentando adivinar quién se sacaría el móvil del bolsillo. Hasta que reparaban en el cochecito de la entrada, y lo olvidaban hasta la siguiente sorpresa. Refugiados al sol de la helada y sus sombras.

El frío no parece afectar a un rumano con pinta de albañil (vaqueros desgastados, fino jersey de grecas desteñidas, manos ásperas, musculosas, gigantes) que se baja de un coche blanco acompañado de un chico sudamericano de pelo esculpido en cresta que mira al suelo y se aprieta bajo un abrigo negro.

–¿Dónde están oficinas? –pregunta el rumano con ese acento que si se exagera suena ya a ruso.
–Las oficinas están ahí arriba, en el estadio –le dicen.
–¿Cuándo entrena Contra? –Contra es Cosmin Contra, ex jugador rumano del Alavés, el Milán, el Atlético de Madrid, el Getafe.Y ahora entrenador del equipo juvenil del Getafe.
–No sé.
–Pero entrena aquí Contra, ¿no? –insiste, todo el tiempo con una tarjeta de visita en la mano derecha.
–Sí, pero no sé cuándo. Mejor pregunte arriba en las oficinas.
–¿Allí me dicen cuándo viene Contra?
–Ellos saben, sí.

El rumano se da la vuelta hacia el coche blanco del que se han bajado, seguido del chico. Me dicen que vienen muchos, y pienso en bonitos sueños de fútbol e imagino algo que está a punto de sucederles. Pero aún no sé suficiente.

–Michael, Michael –grita el cochecito de niños, mientras el del rumano trepa por la cuesta hacia el estadio.