4.1.13

Una mujer que pasa

La primera vez que supe de ella, la novia de Lángara era para mí un espectro que vagaba en soledad por las calles de Oviedo. Atrapada para siempre en la etiqueta de aquel novio suyo, estrella del fútbol, máximo goleador de la Liga las tres temporadas anteriores a la guerra civil, momento en que ya dejaron de estar juntos. Eso supe de ella la primera vez. Una mujer que durante décadas se movió por Oviedo arropada por un rastro de susurros: “La novia de Lángara, la novia de Lángara...”.

Después supe más. Que se llamaba Nieves, por ejemplo; que ya ha muerto. Que confeccionaba camisas en un pequeño taller en casa, hasta que las tiendas comenzaron a recibirlas ya hechas. Que proveía de chicas de servicio a algunas casas de la ciudad.

Estas ocupaciones de diario quedan ya fuera del alcance de un espectro, claro. Así que la novia de Lángara, Nieves, en mi mente camina ahora más despacio. Cada vez que encuentro algo más sobre ella parece un poco más cerca de detenerse. Desvelar es eso: detener un espectro que pasa. Poder verle la cara.