13.9.02

Gorgias

Gorgias es sin duda el mejor nombre que se le puede poner a un gato. Yo tuve una vez una gata y la llamé Gorgias, porque cuando se ha dado con el mejor nombre no se debe andar con remilgos. Aunque era gata se quedó con el nombre. El problema es que Gorgias se me murió muy pronto. O a mí me pareció muy pronto. Quizá porque había encontrado el nombre perfecto y la gata perfecta. Forcé un poco para juntarlos, pero qué se le va a hacer.

Me gustaba cómo se me dormía sobre la barriga mientras daban fútbol en la tele. Y me gustaban muchas cosas más de Gorgias, pero bastante blando me siento ya contando que se me murió como para seguir con los recuerdos facilones. Porque la gata -efectivamente- se murió. De repente se puso enferma y andaba arrastrándose debajo de las sillas. La dejé con el veterinario como quien deja el coche para la revisión de los 60.000: con la seguridad de recogerla un par de días después en plena forma. Pero no era un coche, porque cuando el veterinario desapareció con ella tras la puerta, se me anudó el estómago. Tenía una enfermedad sanguínea similar a la leucemia, y necesitaba una transfusión. Por eso la internaron. Igual que a la gente. Incluso nos dieron un horario de visitas. Como era la gata perfecta, planeé ir a pasar con ella un rato después de comer. Pero cuando estaba en la siesta, llamaron para decir que había muerto. Y así perdí a Gorgias: mientras dormía convencido de que no iba a ninguna parte porque en ninguna parte estaría mejor que sobre mi barriga.

Después me sucedió lo que a todo el mundo, que me ofrecieron media docena de gatos recién nacidos para llamarlos Gorgias y enseñarles a ver el fútbol. Y como todo el mundo, dije que no. Por lo visto, quien tiene algo está siempre a punto de perderlo. Y pensé que no debía arriesgarme a perder dos gatos con nombre perfecto en la misma vida. Así que no he vuelto a tener uno. Ni falta que me hace. Evidentemente he perdido cosas más importantes. Como todo el mundo. Pero sin éstas no es tan fácil seguir, y uno termina arriesgándose un día a colocarles nombres perfectos.