18.10.02

Servilleta

No sé si recomendar a quien escribe que conserve los borradores. Casi siempre esos folios suenan como grabaciones de la propia voz: producen el mismo extrañamiento. Un sobresalto muy parecido al que provoca estrechar una mano de goma, que parece una mano, pero no lo es. Uno se oye a sí mismo, y es como si en el altavoz hablara un primo lejano. Escucharse a uno mismo es como coincidir en una boda con todos los familiares emigrados. Se sabe que son de la familia, y los abrazamos como si coincidiéramos con ellos todas las tardes. Pero no podemos explicar por qué lo hacemos, pues no hemos visto a esa gente en la vida.

Es lo que sucede al cabo de un tiempo con las cuartillas en las que anotamos frases o versos o títulos o cartas no enviadas. Cuando ya han dejado de servir, terminan en una caja de zapatos entre dos fotos de Roma. Y la caja de zapatos, debajo de una bolsa de viaje rajada, que quizá contiene también una grabadora. Pero un día necesitamos mudarnos y de camino a la nueva vida se nos echa encima aquella otra vida ya vivida, que, por no tirarla, hemos conservado entre dos fotos dentro de una caja de zapatos. Aquellos versos los ha escrito otro -no hay duda-, pero los reconocemos, aunque no nos reconozcamos en ellos. Del mismo modo que yo reconozco las manos de mi padre, pero tengo las mías propias. Quizá por ese sobresalto del extrañamiento de sí mismo, Kafka, que no se entendió con su padre, planeó varias veces quemar todos sus papeles. Porque lo que escribimos suena al leerlo como nuestra voz grabada, que no es nuestra voz, por mucho que lo garantice la ciencia y se empeñe todo el mundo. Es una voz de goma, una baratija de carnaval.

Entre esa voz comprada en el quiosco y la que escuchamos en nuestra cabeza hay una zanja profunda. Algunos emplean la vida en estrecharla para que, superpuestas, ambas coincidan un día. Se supone que entonces se leerán a sí mismos sin dificultad en cada palabra que han escrito. Pero resulta mucho más sencillo reconocerse en una fotografía tomada hace diez años que en un verso escrito en la servilleta hace diez minutos.