13.6.03

Sobre la fuga

Lo más peligroso de un callejón sin salida es que uno se mete en él sin haber tomado ningún desvío. De repente camina por una vía ciega, aunque lo hace convencido de que sigue yendo adonde iba. Porque da los mismos pasos que ha venido dando. Porque los charcos tienen el mismo olor a polvo de verano. En un callejón sin salida no se entra. No se gira un picaporte y se cruza el umbral. El callejón sin salida aparece.

Por eso admiro a quien consigue reconocerlo cuando camina dentro de uno. Porque las baldosas de la calle ciega son las baldosas de la calle buena; el cielo es también el mismo cielo. Incluso las paredes que la contienen son las mismas paredes. Y el tope ciego se encuentra lo suficientemente cerca como para no verlo. Por eso admiro a quien consigue reconocerlo. Aunque admiro aún más a quien después de hacerlo se da la vuelta y deshace el camino. Todo el camino. Todos los pasos. Y se puede pensar -se piensa, de hecho- que cualquiera se daría la vuelta tranquilamente al verse atrapado. Quizá sí. Pero la mayoría no somos cualquiera, aunque a veces queramos. Somos los que conducimos un poco más deprisa cuando sabemos que nos acabamos de saltar el desvío mientras mirábamos una gota de agua resbalar por el espejo. O por seguir pensando, y rehaciendo, una frase redonda que no vamos a utilizar. O porque el humo no consigue despegarse de una chimenea de ladrillo. No necesitamos ver el desvío para saber, levemente, que lo hemos desperdiciado. Y pisamos el acelerador en sentido contrario.

No es fácil dar la vuelta, porque en realidad el callejón sin salida no existe. Uno sigue en el mismo lugar por el que comenzó a caminar, y ese lugar no era un callejón sin salida. Dar la vuelta es regresar, hacer dos caminos y terminar como quien no ha hecho ninguno. Uno ha gastado todo ese combustible y ni siquiera puede estar seguro de no encontrarse más tarde encajado en otra vía muerta. Pero conocí el otro día un tipo que escapó de una hace años. Deberían haberle oído contar esa victoria sobre sí mismo -sobre la gota del espejo y la frase redonda- para saber que entonces eso ya no da ningún miedo.