17.10.03

Invenciones

Cuando iba al colegio, las metáforas estaban todas dentro de un verso de García Lorca en el que unos jinetes llegaban tocando el tambor del llano. O algo así. Durante años, no conseguí encontrar ninguna metáfora fuera de aquel verso. Nada se parecía lo suficiente a aquel golpeo. Ni siquiera conseguía desentrañar del todo el mecanismo del tambor como para construir otro por mi cuenta. Tardé mucho. Y durante ese mucho también desarrollé una especie de respeto miedoso a la poesía. Por un verso.

Más tarde, mientras esperaba en un semáforo, empecé a entender. Entonces todavía teníamos Gomaespuma por las mañanas —qué tiempos—, y yo conducía con ellos para llegar al trabajo. Por el retrovisor vi cómo el de detrás y yo nos reíamos a la vez. Cambió a verde, él se desvió a la derecha, y lo perdí. Aunque lo más probable es que siguiéramos riéndonos a la vez. Juntos, sin saberlo, en un lugar que no existe. Luego he tenido pocos encuentros más en lugares inventados. Quizá alguna mañana he reconocido en el metro un libro ya leído y me he recordado sobre la misma página meses atrás. O he visto una sonrisa en un buen pasaje, donde también yo podría haber sonreído. O he coincidido con alguien en el recuerdo de una escena mínima, habiendo olvidado el resto de la película. Cualquiera de esas casualidades supera el tambor de Lorca. O a quien puso el tambor como ejemplo para que entendiera la metáfora un niño de colegio, que fue hasta el tambor y no consiguió encontrarse con nadie.

En cambio, aquel día frente al semáforo, yo estaba en mi coche y el otro, en el suyo; pero al mismo tiempo nos reíamos juntos en un lugar inventado que compartíamos. Como una metáfora: un invento de quien escribe que reconoce quien lee. Un invento que se parece a eso que quiere explicar el escritor, pero que el lector no conoce. En ese lugar falso, el único al que ambos saben llegar, se encuentran, y el escritor se lleva al lector por el hombro al otro lado, lo que desconocía. Pero en aquel verso del colegio no imaginé siquiera el temblor ese de cruzar dos sonrisas sobre una página.