24.10.03

Diario

Ayer por la tarde me sucedió un cuento de Cortázar. No es que me sucediera algo que parecía un cuento de Cortázar. No. Estuve en un cuento suyo. Uno concreto, muy breve e incluido en varias antologías. Lo recuerdo perfectamente, aunque no puedo repetir ni una sola de sus plabras. Ni siquiera el título. Pero lo reconocí casi al instante.

Salí del vagón después de leer en el diario una entrevista a Kapuscinski, y como el periódico ya no me servía para nada, lo metí en una papelera, que es otro destino que se le da a la prensa a partir de la hora de la siesta. Como el de envolver pescado o el de proteger durante una mudanza vasos de cerveza robados. Lo mismo. Luego todo podría haber seguido con la normalidad cansada de siempre, pero me vi un cordón desatado y me agaché. Lo justo para ver al tipo que venía detrás agarrar el diario y colarse por el pasillo de la derecha, hacia el vagón de otra línea. El periódico estaba arrugado y le faltaba al menos la esquina de una página. Mientras se alejaba, el tipo lo ahuecaba para alisarlo y conseguir alinear las páginas. Lo seguí. Debía salir en aquella boca, pero lo seguí, y me senté a su lado en el vagón. Había conseguido rejuvenecer el diario un par de horas. Lo abrió por donde Kapuscinski, y no pude evitar leer de reojo y fijarme de nuevo en aquella cara regordeta que no me imaginaba mirando un ventilador en un hotel africano. Leí intentando que no lo pareciera. Sorprendido en los mismos pasajes que en el otro vagón, con las mismas ganas de retener algunas frases de gran periodista. Justo al terminar, el metro se detuvo, el tipo plegó el periódico, salió, lo dejó sobre una papelera y desapareció escaleras arriba.

Yo tenía de nuevo el cordón desatado y me agaché. Después dudé: perseguir al tipo hacia la calle, y pasar a caminar por ese cuento de Vila-Matas que al final parece la conga, o esperar al siguiente pasajero que cogiera el periódico, y releer con él, como si fuera nueva, la entrevista a Kapuscinski. Pero era tarde. Cambié de andén y volví a casa. En el vagón, no pude dejar de pensar sobre en qué otros relatos habría estado sin reconocerlos. O al revés.