19.12.03

Autobús

Vivo en un autobús como quien vive en un bosque. Para darme cuenta tuve que bajarme en cualquier parada y ver pasar otro exacto al mío. O quizá era parecido, pero llevaba a la misma gente pegada a los cristales, con algunas marcas del vaho de las narices dibujando círculos que palpitan. Vivo en un autobús que atraviesa la ciudad, que atraviesa mi propia vida, y la de otros. Pero para entender el efecto se necesita pasar al otro lado.

Del otro lado, lo primero que se ve es que, además de asientos y pasillo, el vehículo también tiene cuatro ruedas. Y las ruedas dan vueltas, lo que desmiente las primeras teorías desarrolladas por los pasajeros, que aseguraban que el autobús se movía flotando a pocos centímetros del suelo, o bien se arrastraba casi sin rozamiento. Ambas, como se ve, impresiones falsas. Aunque estas creencias no cuesta demasiado desmontarlas para cambiarlas por otras. Es un cambio leve, bien distinto al que se encuentra uno al otro lado de las manchas de vaho palpitantes, esas que crecen y menguan siguiendo el ritmo de la respiración del pasajero. Desde dentro, las manchas nublan de vez en cuando un edificio o a una vendedora de castañas en una esquina. Se sabe que lo hacen, y que basta con retirarse del cristal para que desaparezca el efecto. Desde fuera, sin embargo, uno ni siquiera se fija en que el vaho nuble nada. Desde la calle se ve cómo la castañera se desliza sobre los cristales del autobús y desaparece. Una fuente también resbala desde el morro hasta el culo. Y también desaparece. Una boca de metro, un café a punto de cerrar, una pareja con perro. Incluso un parque resbala a lo largo de los cristales en los que apoyan las manos los pasajeros que no se han bajado en ninguna parada. Resbala. No deja rastro esa vida.

Sé que es sólo una ilusión. ¿Qué otra cosa podría ser? Sin embargo, ahora que he vuelto a sentarme en mi plaza no dejo de pensarlo. Aquí dentro no sucede ese resbalar, pero tampoco huelen las hojas ni las castañas. Y aunque olieran, aunque olieran mucho, lo que no me quito de la cabeza es el momento en que me vi a mí mismo deslizándome por encima de mi plaza vacía. Dentro.