24.9.04

La isla

El otro día desapareció Isla Tortuga, el refugio de piratas que flotaba al norte de Haití, y eso sólo es la demostración de que la literatura es exactamente igual a la magia. Isla Tortuga con sus 26.000 habitantes no desapareció porque el huracán Jeanne le escupiera encima todas las olas del océano Atlántico, ni mucho menos. Desapareció por un cuento.

Unos empleados de la ONU cogieron un helicóptero en algún lugar de Haití, donde el huracán había matado a más de 1.000 personas, y volaron hacia el norte, hacia donde los golpes habían sido más crueles. Volaron y vieron el 80% de la ciudad de Gonaives sumergido en lodo y agua. Luego, siguieron volando aún más al norte, hacia donde siempre ha flotado Isla Tortuga, con todas sus cuevas y todos sus tesoros perdidos, con sus 26.000 habitantes. Pero no la encontraron. Quizá ya desde allí mismo, por encima del fantasma de Tortuga, encendieron la radio para contar que las olas se habían tragado la isla. No estaba allí, en el lugar en el que debería estar. El resto del mundo se estremeció cuando empezó a tirar del hilo del relato enviado desde el helicóptero, a darle vueltas. La isla no estaba. No estaban las 26.000 personas. Lo habían visto los empleados de la ONU suspendidos en su helicóptero. No estaba.

Lo decían esos empleados que quizá no sabían dónde debía flotar exactamente la isla. O quizá sólo se confundieron. Después del paso del huracán, el aire no se queda quieto. Ni las nubes. Ni el agua. Puede que ni siquiera las brújulas dejen de temblar. Isla Tortuga podía perfectamente seguir en el mismo sitio. Sin embargo, el estremecimiento no se apagaba. Alguien había ido hasta el lugar y aseguraba que la isla había desaparecido. El helicóptero había llegado hasta donde nadie más había podido llegar y los que en el viajaban contaron que allí no quedaba nadie, que el mar no se detenía. Es lo mismo que sucede con algunos escritores que llegan adonde nadie más llega, entre las sombras, el viento, el agua, el lodo y el miedo. Llegan y cuentan lo que hay dentro. Y el propio cuento lo hace existir, o desaparecer. Pura magia.