10.9.04

Desde un maletero

Poco antes de morir, una chica envió un mensaje al teléfono móvil de su padre para decirle que su madrastra y su hermanastro la había golpeado, la habían encerrado en el maletero del coche y se la llevaban. Como todo el mundo sabe, un mensaje así se recibe instantáneamente, así que el padre lo leyó mientras su hija viajaba, herida, en el maletero del coche familiar. Ella supo –seguro– que era un trayecto hacia la muerte. Porque no es fácil resolver la situación de otra forma, una vez golpeada la hijastra y encerrada en el maletero. Entonces ya no puedes sacarla, ponerle una tirita y servirle un tazón de leche caliente con colacao. No.

Después de que apareciera el cadáver, el padre se lamentaba de que su hija no le hubiera llamado con el mismo móvil desde el que envió el mensaje. No he viajado nunca en el maletero de un coche. Ni siquiera he intentado medir nunca si dentro hay espacio suficiente para estirar las piernas, o para cambiar de postura y echarse sobre el otro costado. Ni idea. Sin embargo, estoy casi seguro de que no puede ser muy distinto a mi habitación cuando era pequeño y dormía una noche con la puerta cerrada, sin una rendija por la que entrara algo de luz del pasillo. En esas circunstancias, una habitación vacía se convierte en un lugar en el que resulta imposible cambiar de postura y echarse sobre el otro costado. Lo primero que sucede es que un pie se queda dormido, porque no hay modo de estirar las piernas. La oscuridad –con todo lo que guarda dentro– espera más quieta que uno mismo a menos de un milímetro de cualquier parte del cuerpo. El movimiento es inalcanzable. Lo peor del mundo no es que esté oscuro, sino tocar, rozar, la oscuridad.

Por eso, lo extraño es que la chica reuniese valor para teclear un mensaje. Y que el mensaje dijera lo que dice cualquier mensaje escrito frente a la muerte en una tarde soleada: todo lo que se sabe, por si sirve de algo. Lo extraño es que el padre haya olvidado ya el cuarto oscuro de su infancia. Aunque pensar en una hija que viaja hacia la muerte equivale a vivir en un maletero. Por eso no la llamó él, que recibió el mensaje y tenía teléfono. Por no tocar la oscuridad.