21.7.06

El sol de Barbaria

Dicen que hay que ir allí a ver ponerse el sol, como si no lo hubiera hecho nunca en ningún otro lugar. Lo dicen las guías, las oficinas de turismo, los camareros de las terrazas. Hasta los chicos que buscan chica saben que hay que llegar hasta el punto en el que la carretera muere junto al faro de Barbaria, y que después hay que seguir a pie un poco más, hasta el borde del acantilado.

Lo que queda es un pedregal entreverado de cardos, una especie de resto de un bombardeo o el rastro del paso de cien apisonadoras desmigando el terreno. Camina uno hacia el sol haciendo equilibrios sobre los pedazos desprendidos, esquivando los aguijones y evitando derribar los cientos de montones en los que alguien ha apilado las piedras por toda la explanada. Camina uno hacia el sol por allí y siente la tentación de creerse en un Stonehenge hispánico. “Esto lo han hecho los hippies. Seguro”, dice Irene. Pero da igual: como avanzamos hacia el sol, y se alargan las sombras, y está el mar, pues intento imaginar significados ocultos para esos montones de piedras, miles de ellos. Pero no se me ocurre nada, y llegamos ya al final, donde encontramos algunos salientes ocupados. Una familia, amigos, algunas parejas. Detrás vienen otros dos: él la ha traído a ella y no se conocen mucho. Han venido con dos latas de cerveza y entretienen el tiempo lanzando piedras al mar. Cuando se cansan, el sol muy cerca ya del borde del agua, se quedan quietos, de pie, y él al fin lo logra: ella deja caer la cabeza sobre su pecho y le rodea con los brazos. En otro lugar del borde, una pareja tiene que abandonar la roca donde se han sentado cuando llega un grupo que ha terminado un botellón y se hace 70 fotos por minuto sin dejar de gritarse indicaciones unos a otros. Llega todavía más gente. También tres italianas con sombreros vaqueros. Al rato, dos chicos. Venían siguiéndolas. Uno le habla en catalán al perro trae; en italiano, a las chicas, y en inglés a su acompañante silecioso, que transporta una guitarra sobre la espalda. Se sientan al lado de las italianas. Ya casi es el momento.

El sol, milimétricamente indiferente, desaparece como todas las tardes, y deja una luz temblona, una especie de aleteo contemplado a través de unas gafas oscuras, de un color derretido, como horneado. Entonces, el chico del perro se pone a cantarle a las italianas con la guitarra, y salimos corriendo.

Ampliación: Poco después, le pregunté a Ricardo (le gustan las leyendas) por esos montones de piedras: "Nada, eso lo hacen los hippies. Pero puede cualquiera. ¿No hicisteis uno vosotros?".

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