21.9.06

Miedo

La lona es un lugar muy profundo. Uno no se levanta desde allí abajo por cualquier cosa. En 1973, George Foreman tumbó en el segundo asalto a Joe Frazier y ganó su primer campeonato del mundo de los pesos pesados. Foreman comprobó perfectamente el peso de un golpe, la profundidad del hoyo. Se retiró cuatro años después. Pero en 1987, cuando ya tenía 38, regresó y, con 45, volvió a ser campeón del mundo. Durante mucho tiempo, contó que había vuelto para demostrar que nadie es demasiado viejo para hacerlo. Decía que esa convicción le había bastando para levantarse y empezar a encajar directos otra vez.

Pero no era lo único. Su dinero había volado. La bancarrota aterrorizaba a la bestia: "Asustaba, era la cosa más horrible que le podía suceder a un hombre, hasta donde yo sé. Tenía una familia, gente de la que cuidar (mi mujer, mis hijos, mi madre). Todavía no me he recuperado de aquello". Lo cuenta en un reportaje en The New York Times sobre ricos que perdieron su fortuna, donde también dice: "Estaba así de asustado porque oyes historias de gente sin techo y yo estaba a poquísimo, poquísimo de convertirme en sin techo".

El miedo. El terror, si es suficiente, puede convertirse en esos brazos con los que uno consigue gatear por la lona, mareado, ciego, loco; esos brazos con los que cruza la lona, agarra una cuerda, otra, y se levanta. Aunque a veces el miedo no se convierte en nada y la cuenta alcanza el diez, y ya.

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