22.9.06

Palabras sobre el alambre

Hay ciertas formas de literatura que se parecen casi con exactitud al funambulismo, más allá de la metáfora. La nota escrita en la panza de la mina, mientras se terminaba el aire; el relato de un náufrago del submarino Kursk, terminado a ciegas, entre bocanadas de agua salada. Entran también en este grupo las últimas palabras de los ejecutados. Aunque el alambre sobre el que se pensaron fuera mucho más largo.

Recorro lo que dijeron los ejecutados en Texas desde 1982 (me lo descubría ayer El País), y si consigo apartar a un lado la angustia, enseguida se me vienen encima las preguntas. Porque aquello, lo dicho justo antes de que les mataran, lo último, lo que luego un tipo copió, guardó y después tecleó en la web del Departamento de Justicia Criminal del Estado de Texas, aquello da la impresión de haber sido pensado en otro momento. En la celda, alguna noche, o todas las noches. En un momento que imaginaron como la muerte, pero que no era la muerte. ¿Lo improvisarían ustedes? Desde la celda, trataron de sentarse en el sillón del ejecutado y entonces hablar: último alegato por su vida, mención a Alá, mención a Jesús, disculpas, ira, agradecimiento, amor a los suyos, adiós. Esa angustia de años en la celda que realmente transcurren en aquel sillón final. Quizá llegaron realmente a ser iguales los dos momentos. Quizá lo que imaginaron como la muerte sí era la muerte, y la pasaron mil veces en sus años de espera. O quizá no. Por eso me intriga el tipo de la foto, James Autry, muerto el 14 de marzo de 1984. Autry no quiso dejar nada dicho como últimas palabras sobre el sillón. No por falta de tiempo. Tenía 29 años al morir. 25 cuando le metió una bala entre los ojos a una tendera después de discutir el precio de un pack de seis cervezas. Cuando le disparó también en la cabeza a dos testigos, un ex cura de 43, que murió, y un pescador griego, que sobrevivió. No fue el tiempo. Tampoco hablaban mucho como final.

Así que recorro esas palabras de ejecutados, palabras dichas un segundo antes de caer del alambre, y lo que me sucede es que no puedo quitarme de la cabeza ese silencio. Ese James Autry.

balazos: Carta de ultratumba

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