24.11.06

El mago y el túnel

Cuando desperté, Litvinenko ya era un cadáver. Aunque ahora los médicos ya no saben si fue el talio lo que le mató, ni siquiera él dudaba de que su paso por el hospital no era un paso. Según cuenta The Times, pocas horas antes de morir dijo: “Estos cabrones me han cazado, pero no conseguirán hacerlo con todo el mundo”. Mientras pensaba en “estos cabrones”, vi que el periódico también explicaba unos curiosos comportamientos del cerebro: después de lanzar dos veces una pelota, a la tercera el mago sólo necesita hacer el gesto para que veamos la bola subir. Con esos datos, decidí salir a correr.

No huía de la colisión de las dos historias, de la anticipación mental después de la repetición. En realidad, cuando se corre, como cuando se viaja, casi nunca se hace para alejarse, sino para regresar a casa, aunque por un camino más largo. Lo necesario se encuentra muchas veces en el camino. En el mío, he encontrado hace un rato que el otoño por fin había llegado: los restos de la lluvia de la noche, los hombres que recogen las hojas, los árboles abandonando la monotonía del verde. También he encontrado el túnel del esfuerzo: no es lo mismo contemplar una idea desde el sillón que mientras se revienta un saco con los puños o se busca, en lo alto del sendero, una racha de aire frío que se mueva un poco, lo justo, sin molestar. Después de unos minutos, cuando se ha llegado al túnel, casi todo desaparece. Se mueven las piernas, se busca el aire, a veces tirita la idea. Litvinenko, un cadáver. Antiguo espía ruso. Exiliado en Londres. Investigaba el asesinato a tiros de Politkóvskaya. A ella, una vez, también la habían envenenado, con una taza de té en un avión. Sobrevivió, pero nunca se supo qué le habían dado: desaparecieron todas las muestras que le habían tomado para los análisis. “Estos cabrones”. El túnel. Los minutos. El aire.

“Estos cabrones”. Los dos, antes de morir, habían acusado a Putin. Ahí comenzaron sus problemas. El túnel. Y también las bolas del mago, flotando, hacia arriba. La primera (la veo), la segunda (la veo), la tercera (también). Pero no hubo tercera. El cerebro va demasiado rápido. O quizá sí. Likvinenko, un cadáver. También flota.

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