15.12.06

Jerusalén y los rompecabezas

En esta zona del mundo manejan una habilidad extraordinaria para sobrevivir sumergidos en varios galimatías enredados entre sí. Y aunque se piense lo contrario, a esta fiesta de trabalenguas llegaron tarde las cambiantes fronteras de Israel con sus vecinos. Jerusalén lleva ahí más de dos mil años y guarda algunas de las demostraciones más perfectas del malabarismo territorial.

Tomemos la iglesia del Santo Sepulcro, en la ciudad vieja, construida sobre el Gólgota, donde crucificaron a Jesús, y que incluye también el lugar en el que le enterraron. Cinco confesiones cristianas controlan distintas partes de la iglesia. Los ortodoxos griegos tienen a su cuidado el punto donde estuvo la cruz. Unos metros más abajo, se encuentra el sepulcro, adonde da paso un armenio, con su gorro negro y su barba blanca. Se puede entrar a ese especio minúsculo, sólo de cuatro en cuatro, y ver la piedra sobre la que estuvo el cadáver, y las decenas de lámparas o incensarios que cuelgan del techo. Al salir, el armenio mete prisa a los siguientes: no quiere que se le formen colas. Es una especie de capillita que se puede rodear en menos de 30 segundos, y a la parte trasera se ha pegado otra construcción de unos cuatro metros cuadrados, que parece algo así como un pequeño puesto de castañas. Son los coptos, los cristianos de Egipto, que se han dado cuenta de que tocando esa pared trasera se toca también el sepulcro, así que han montado allí una especie de altar cubierto con un paño rojo, bajo el que guardan su manera de tocar el sepulcro. A pocos pasos de allí, hay otra prueba de que los griegos fueron los primeros en llegar: han construido un pequeño baldaquino que cubre el lugar desde el que María vio morir a su hijo. No acaba ahí: los cristianos sirios también tienen una pequeña capilla en un lateral, destartalada después de un incendio nunca reparado. Y los católicos, otra, de la que se ocupan los franciscanos.

Este rompecabezas territorial provoca algunas tiranteces administrativas en el lugar santo, que han resuelto dándole las llaves a un musulmán, que se ocupa todos los días de abrir y cerrar la iglesia, y cada uno ocupa su hueco.

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