12.1.07

La especulación y la poesía

Las empresas que venden parcelas en la luna. Cuando lo leí la primera vez, me recordó aquella vieja historia que se cuenta en las ciudades con catedral. Años atrás, los lugareños podían reconocer fácilmente en los alrededores del templo a un tipo que cazaba turistas: cuando los encontraba mirando el edificio, les ofrecía comprarlo. Por lo visto, alguna vez llegó a cerrar el trato. Pero había más.

El truco se adorna ahora con maletín, corbata y bufete. Hace más de 30 años, Dennis Hope registró a su nombre la luna (también todos los planetas del sistema solar), y la empresa Crazyshop asegura que Hope les cedió todos los derechos sobre el satélite. Operan desde Israel, y el mes pasado consiguieron que más de 1.000 israelíes se compraran terrenos fuera del planeta, a 45 euros los 500 metros cuadrados. Una de las explicaciones de este boom sostiene que los compradores se deciden al gasto como quien compra un chalé a las afueras de Madrid, convencido de que el metro o el tren van a pasar pronto por su puerta. En la luna, la NASA tiene planeado construir una base permanente y habitada en el año 2020, lo que previsiblemente va a disparar los precios del suelo lunar. Aunque ésta es la explicación sin poesía. También está la que dice que por fin nos encontramos ante la posibilidad de regalarle a alguien la luna, porque en este deseo ni siquiera entra a jugar la posibilidad de pisarla en algún momento: la luna se mira, y ya. Los de Crazyshop te dan una foto de tu pedacito y todo. Una ilusión centenaria atrapada por 45 euros. Pero quizá hay más.

Pensando en los 1.000 israelíes que compraron el mes pasado, y pensando también en la lucha milimétrica que por la tierra se libra a diario en Israel, tal vez haya que dejar de lado la especulación inmobiliaria e incluso la poesía. En este caso, pueden caminar unidos el verso y el ladrillo, al menos un rato, al menos para quitarse de en medio ante las ganas de quien compra de encontrar un sitio al que escapar, aunque la parcela esté a casi 400.000 kilómetros de casa, y todavía no pase cerca de su casa el tren espacial, o lo que sea.

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