26.1.07

La gloria de Panenka

Retrocedo cruzando la hemeroteca para localizar el primer momento de la leyenda. Ese muchacho bigotudo y greñoso que una noche de verano de 1976, sobre un pedazo de hierba de Belgrado, bautizó un penalti para ganar una Eurocopa. Rastreo el primer relato de aquel golpe, los cimientos de la memoria que no ha querido soltar de su mano a Antonín Panenka. Busco el primer asombro.

Está la crónica de El País, recién nacido. Se pudo leer el martes (entonces no salían los diarios los lunes), dos días después de la final. Se pudo escribir el lunes, después de una noche masticando el gesto de aquel chico de 25 años que marcó el penalti que le birlaba el campeonato de Europa a la República Federal Alemania de Beckenbauer, Müller y Maier, los mismos que dos años antes habían dejado a Cruyff sin un Mundial. Hacia el final: “Panenka, quinto lanzador checoslovaco, transformó impecablemente su lanzamiento y consumó la difícil tarea de batir a Alemania en un partido decisivo”. Un ciego podría haber juntado aquellas palabras. Tenía que haber más. Efectivamente: un artículo de acompañamiento firmado por Julián García Candau coronado con estas frases: “El título se resolvió con el fallo de uno de los jugadores más seguros del ataque germano. Hoeness, lanzó su penalti con la fuerza de un defensa central. Panenka, en cambio, colocó la pelota con notable habilidad en el marco de Maier. Fueron, al final, los hombres claves de la final”. Notable habilidad… transformó impecablemente… Sólo queda pensar que el asombro de una derrota alemana impidiera cualquier otro. En el minuto 25 perdían 2-0, pero poco antes del final, empataron. Como siempre. Alemania no pierde.

Aquello componía un absurdo que terminó sellando Panenka después de la prórroga con su penalti. Hoeness falló el cuarto lanzamiento: iban 4-3, y Antonín tenía la oportunidad de llevarse la copa de una patada. Un toquecito al centro de la portería, una vaselina que se movía lentamente hacia el gol, mientras Maier se lanzaba hacia un fantasma a su izquierda. Una pirueta sobre un alambre a 200 metros. Pero invisible en aquellas crónicas.