19.1.07

Vidas robadas

A los noruegos les están recomendando estos días que revisen los contenedores de sus casas en los que tiran la basura. Les dicen que entre la caja de los cereales, las raspas de las sardinas y los periódicos de la semana pasada quizá encuentren también algún pedazo del cadáver de un médico español que acaba de desaparecer. Les dicen esto a los noruegos como quien aconseja a un niño que mire bajo su cama antes de acostarse. Por si el horror se les hubiese colado a través del túnel de la basura.

De todas formas, el asalto a vidas ajenas generalmente sucede de manera mucho más limpia. Recuerdo, por ejemplo, el desconcierto del día que un amigo llegó al lugar donde nos habíamos citado con un reloj que yo había perdido de vista tres semanas antes. Le pregunté la hora, miró mi reloj, las diez y media, y siguió caminando. Aquello no tenía ya nada que ver con el robo o el despiste. De repente, mi reloj era su reloj, y cuando, al cabo de un par de horas, pasamos por delante del portal de mi casa, temí que sacara mis llaves y me dejara allí plantado. Así que puedo decir que más que lo de buscar pedazos de cadáver en la basura propia, lo que de verdad me produce pánico desde ayer es pensar en Carlos Veiret, un señor de Barcelona que el otro día, después de unas semanas sin pasar por allí, metió las llaves en la cerradura de su casa y se encontró con que se la habían cambiado. Llamó a la policía, y ellos encontraron que en la casa (Veiret iba a medirla ese día para comenzar una reforma y trasladarse) se habían instalado cuatro chilenos. Contaron tranquilamente que llevaban allí un mes y medio, después de cerrar un contrato verbal de alquiler con un señor que pasaba en persona a recoger la renta, y que no era Veiret. Después de las presentaciones, ahí quedó la cosa, hasta que un juez diga algo: se cerró la puerta, los chilenos se quedaron dentro viendo la tele en pantuflas (o lo que quiera que hicieran en casa en los ratos muertos), y el dueño, ese señor Veiret, se quedó fuera con el metro en el bolsillo y un manojo de llaves que no sirven ya para abrir nada.

A mí el reloj me lo devolvieron enseguida. Mi amigo lo había encontrado en su casa, y luego había olvidado que no era suyo. Pero está claro que resulta mucho más sencillo robar una vida (se empieza con cualquier cosa) que un coche, y mucho más difícil recuperarla.

Technorati tags:
|