13.4.07

¿Por qué lo llaman belleza cuando...?

Lo más extraño del experimento del otro día con el violinista excelso instalado a la entrada de una parada del metro de Washington no es que no consiguiera recaudar los 150 dólares que había predicho Leonard Slatkin, el director musical de la Orquesta Sinfónica Nacional. Lo más extraño es que consiguiera volver a casa sin que le rompieran el Stradivarius de tres millones de dólares en la cabeza, algo que demuestra la superioridad de los transeúntes sobre cualquier otro tipo de público.

La cosa se le ocurrió al periódico The Washington Post, que se preguntaba por ejemplo: ¿Tenemos tiempo para la belleza? A otros diarios, después de conocer el resultado del experimento, se le vinieron a la cabeza preguntas como: ¿Sabemos reconocer la belleza? Pero la prueba está mal hecha. Llena la boca ya con la idea pura de la gran belleza, habría que haber seguido su rastro hasta el final, hasta ese Symphony Hall de Boston que Joshua Bell, el violinista excelso, había llenado tres días antes en una función para la que las buenas localidades se vendía a 100 dólares. Hasta el lugar donde de verdad saben de eso. Ése es el lugar para el experimento. Vayan antes al metro, encuentren a un virtuoso del Este (por lo del punto exótico): búlgaro, rumano, bielorruso… da igual. Denle un tour de belleza estilo Pretty Woman, pongan su cara por toda la ciudad en carteles que anuncien un concierto en el Symphony Hall con entradas carísimas y, entonces sí, esperen a ver qué pasa. Es posible que el público ­­­–después del notable desembolso y las semanas de pavoneo frente a amigos varios por haber conseguido tan difíciles entradas– siga el concierto con el embeleso habitual, y que incluso haga salir varias veces al sorprendente bielorruso. Aunque, claro, puede que, en aquel templo de la belleza, alguien se dé cuenta de la estafa. Imaginen…

De ahí la superioridad infinita del público transeúnte de Washington. En el tráfago de la mañana, les plantan un día a un estafador disfrazado con vaqueros, camiseta, gorra, y no pasa nada. Y eso que sólo tocó 43 minutos.

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5 comentarios:

  1. Hay bellezas que concitarían entusiasmos espontáneos. Pon a Scarlett Johanson en el pasillo del metro, bien visible, y a ver cuántos pasan sin mirar.

    Otro asunto bien distinto es eso de echar monedicas. ¿Ése era el método del Guasinton Post para medir el aprecio por la belleza? Qué torpes. Algunas gentes prefieren echarle la moneda al borracho cuya flauta suena como si estuvieran desollando vivo a un ñu. Y no se la echarían a Scarlett, obviousky.

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  2. La belleza se mide en dinero. Al menos en el terreno del arte. Urinarios muchos, pero el de Duchamp...

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  3. Anónimo22:10

    Va a ser cosa de la acústica... no me comparen el pasillo del metro con un auditorio por favor!
    P.D intento excusarme como usuaria del metro y ante la duda de si habría parado a aplaudir o no. (no suelo echar monedicas)

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  4. Más que no saber apreciar la belleza, yo creo que es que el ritmo de vida no nos deja parar a apreciarla. Estoy convencido de que muchos de los que pasaron delante del violinista y lo oyeron tocar, pensaron: "Qué bien toca, pena que no me pueda parar a escucharlo porque tengo que ir a..."

    Un saludo

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  5. Columna publicada un viernes a las 18.52. Es esto lo que haces en tus horas de trabajo?

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