4.5.07

Hawking flotante


Miro todavía esta semana a Stephen Hawking flotando dentro de un avión mientras unos tipos le dan vueltas como si trataran con un pollo asado. Miro a Hawking liberado de la silla de ruedas, y durante un rato, mientras flota, me siento como contemplando una pecera en una sala en la que se espera para llegar a otro sitio. De repente, incluso atraviesa una pelotita roja, y ni se saludan ni nada, como se acostumbra en los acuarios. Aunque quizá le falta el bamboleo de las algas para que uno termine creyéndose que surcan el agua. Aun así, sigo mirando.

Hawking, a 8.500 metros de altitud, en un Boeing 727 que se precipita hacia el Atlántico en picado pero que parece estar quieto, suspendido en un sueño. Hawking a 8.500 metros del suelo, o del mar, como si hubiera conseguido medir con inmensa precisión la distancia entre las ideas y las sillas de ruedas. Ésos son exactamente los metros que le separaban de flotar, el comportamiento habitual de las ideas. Y ahí está Hawking probando un bocado de ingravidez mientras gira como en el escaparate de una rosticería. Tiene esa pinta el gran científico que ocupa la cátedra de Newton en la Universidad de Cambridge: la pinta de un pollo giratorio. Así que, mientras sigo mirando, pienso en las ideas que obsesionan a otras personas. Después de muchos años, Hawking consigue flotar en la ingravidez en la que suceden parte de sus hipótesis, y haber alcanzado físicamente esa idea le coloca a la altura de los peces de colores. De lo primero que me acuerdo es de las obsesiones cercanas, las de andar por casa, los coches negros, grandes y brillantes, por ejemplo. Y de quienes los conducen dibujando entre la nieve todas las curvas de una montaña helada. Nada que ver con los peces de colores. Se trata de un deslizamiento del todo distinto.

Así que, todavía contemplando a Hawking girar como un pollo, me digo que quizá eso explique perseguir sueños que flotan a menos de 8.500 metros del suelo. Aunque luego, al bajarse del avión, ya de vuelta en la silla de ruedas, a Hawking le daba igual lo del pollo: “Ha sido increíble. Habría querido seguir y seguir”. Y ahí ya dudo, claro.

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