17.8.07

Vivir de sombras

Hay al menos un arquitecto en Nueva York que en lugar de ganarse la vida levantando edificios, anda preocupado por dónde va a caer el sol después de que los otros levanten los suyos. Michael Kwartler echa la vista arriba, pongamos que hacia una cornisa, y no ve la cornisa, sino un pedazo de césped sobre el que comer el sándwich de mediodía rascándose los pies descalzos contra la hierba. Al principio de la primavera.

O al final del otoño. Porque, según Kwartler, ésos son los dos momentos del año en que más se mueve el mejor lugar para sacarse los zapatos en un parque. Son las dos épocas en las que más se mueven las sombras, y a las sombras es a lo que se dedica Kwartler. Si planean construir un edificio, él, aunque también arquitecto, en lo que se fija es en el parque de al lado, que ha llegado antes al lugar, y tiene ya una confianza con el sol que no se debe quebrar así como así. Entonces el tipo estudia qué va a hacer esa nueva casa con los rayos que antes caían donde siempre. Es serio con eso. Calcula cuánto va a recibir la hierba en la nueva situación, y si es menos propone que el edificio pague por el sol robado. Un guardián de rincones para el otoño podríamos decir. Aunque aquí entra ya la intriga sobre qué tipo de arquitecto es el que no mira los edificios sino que, de algún modo, se dedica a observar a través de ellos, al otro lado. Quizá en la web de su empresa, Enviromental Simulation Center, esa que se dedica a la adivinación de sombras, haya pistas. Tal vez en ese lugar en el que se detiene a mirar la catedral de St. John the Divine, allí donde explica que es imposible para los peatones verla de una vez, en un solo vistazo. Allí donde insinúa que, por tanto, la catedral entera existe sólo en la mente de ese peatón que se mueve y que suma los pedazos durante su propio pasar.

Después de esto, tal vez no se pueda ya sólo pensar que Kwartler es un desorientado que no ve las cornisas y se vende como entendido en sombras. Piensa uno, llegado a esta línea, que el Kwartler este probablemente sea un extraordinario sabio del tiempo. O sólo que le gusta rascarse los pies en la hierba, claro.

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