18.9.07

El laberinto del cazador de globos

Leyendo la historia de Wolfram Pobanz vuelvo a pensar en el difícil destino del buscador obsesivo, imposible de cerrar. Pobanz, cartógrafo retirado, lleva años buscando el globo terráqueo que Hitler tenía en su despacho de la Cancillería. El mismo globo que este verano, antes de ser ministro, visitaba César Antonio Molina en el Deutsches Historisches Museum de Berlín:
Me detengo ante la gran mesa de despacho de Hitler y su gigantesco globo terráqueo. Un soldado ruso le pegó un tiro al espacio ocupado por Alemania y la hizo desaparecer del mapa. Sólo quedó al aire el soporte de latón. La bala salió por las antípodas. Alemania quedó borrada por varias décadas y también Berlín.
Parece que la historia es cierta, pero no el globo. Según las investigaciones de Pobanz, el que vio el ministro cuando no era ministro no es el auténtico globo de Hitler. Ha detectado algunas diferencias. La empresa que fabricaba este modelo, el Globo de Colón, construyó bases especiales para los líderes nazis. Y eso, al parecer, no puede verse en el ejemplar del museo.

Según Pobanz, tampoco es el auténtico otro que se conserva en Múnich, también con un agujero de bala en el lugar de Alemania, aunque esta vez dibujado por un disparo norteamericano. Se ve que, además de la ciudad, los aliados se repartieron los globos para vencer también en la metáfora.

Pobanz no se fía de esos restos de imaginería cartográfica. Sigue la caza. ¿Hacia dónde? Guarda en una carpetilla azul una fotocopia en la que se ve a un grupo de soldados soviéticos rodeando el verdadero globo de Hitler, en su despacho, en mayo de 1945. "No sé dónde está –admite–. Quizá en Moscú".

Leo lo que dice Pobanz y pienso que prefiere creer que la presa se esconde en cualquier lugar menos en ese museo de Berlín. Para poder continuar el rastreo. Incluso flotando, como imaginó Chaplin el globo en El gran dictador.



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