11.9.07

El raro Vila-Matas

Tenía la impresión, en los últimos meses, de que había perdido intensidad en mi rareza e incluso llegué a leerme a mí mismo en la época en que era realmente raro para recordar cómo era mi rareza.
Lo decía Enrique Vila-Matas en una entrevista hoy en El País. Él decía eso y yo sólo podía imaginármelo recién levantado, enfilando el pasillo hacia la cocina y agarrando otra vez, por descuido, la bolsa de magdalenas con toquecito de limón. Evidentemente, con ese gesto de agarrar la bolsa, el día de Vila-Matas se había echado a perder, atravesado por la lanza de la normalidad.

Después de eso, quizá todavía con la bolsa de magdalenas en la mano, a Vila-Matas no le queda más remedio que atravesar de nuevo el pasillo al galope, rumbo a la biblioteca, en busca de sus propios libros. En busca de sí mismo. Sin embargo: ¡horror! Encuentra pasmado que sus libros están colocados en la estantería, entre otros de autores cuyos apellidos también comienzan por V. Seguramente son falsos. No queda sino huir.

Vila-Matas se amarra el batín, baja las escaleras trompicándose, atraviesa la calle descalzo y enloquecido entre decenas de cláxones. Cae al suelo varias veces. Pierde el batín. Bebe en una acequia. Dispara a un gorrión, esconde la presa bajo la camisola, y se cuela en casa de una traductora de árabe de 75 años que guarda un libro suyo inédito en el fondo de un horno grasiento. Abre el grifo de la bañera y sale hacia el salón. Se coloca bajo la mesa de centro y sólo en el momento en que rebosa el agua en el baño, comienza a recitarse a sí mismo.

Aunque también hay ocasiones en las que, después de repetir día tras día esa carrera de espantado, sale de debajo de la mesa, arroja el gorrión a un cubo amarillo, corre a su casa, se ducha, se afeita, se perfuma y desayuna leyendo un diario. Incluso a veces se mira al espejo, complacido por la absoluta extrañeza de ese ser tan raro que toma magdalenas de limón y café con leche.

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