29.2.08

Mi vida de autor fantasma

Debo contar aquí ya cuanto antes mi pequeña victoria doméstica como autor fantasma. Los trámites del proceso, las comprobaciones, me han llevado un par de semanas, pero ya está. Me habían acusado, con evidente tono de reproche de no ser yo ya el autor de mi propio blog: “Ya no escribes nada. Te lo hacen todo El País y El Mundo. Copias algo y, hala, ya está”. Siguieron unos minutos nostálgicos de los viejos tiempos, cuando sí era yo quien escribía. Evidentemente, se trataba de infundios, y me preparé para desmontarlos.

Y para eso está el empirismo, que viene a ser sentarse a mirar a ver qué pasa. Pero no es fácil el empirismo. Los primeros días los pasé bastante confuso. Una vez sentado, encontré enormes dificultades para decidir qué esperaba que sucediera, así que finalmente me decanté por el empirismo más puro, la vieja escuela: sólo aguardar, despojado de cualquier condición exterior. Allí me entraba yo sentado, allí en la pantalla el blog inmóvil. Intenso cara a cara del que resultó una muy monótona bitácora del experimento: 10.15, sin cambios; 10.30, sin cambios; 10,45, sigue pareciéndose sí mismo; 11.00, idéntica correspondencia con la última toma… Al tiempo que avanzaba, detecté un ligero aumento en el número de visitas, que inmediatamente atribuí a mí mismo. Todo controlado. Experimento en condiciones estables. Blog también absolutamente estable. Imposible reprocharme nada. Continué la vigilancia del objeto un número de días suficiente para evitar cualquier apelación futura. 04.15, nada por aquí; 04.30, nada por allá.

Entonces rozaba ya la euforia, en parte por mi triunfo y en parte por una cantidad inmensa de sueño que me aplastaba la cabeza. Pero la improbable disputa sobre mi autoría había recibido una estocada mortal. Como última comprobación coloqué una esquela: 12.19, aparece un nuevo post inmediatamente después de que yo pulsara “publicar”; 12.30, misma situación. Así que era yo, sin duda, el único que no escribía en mi blog. El único autor inexistente. Capaz, a veces, de gestos fantasmales como pulsar “publicar”. Pero nadie más, ni siquiera El País, era capaz de no escribir en mi blog.