13.8.08

Anotaciones japonesas (3)


Al principio resulta imposible darse cuenta, pero ver templos en Japón es como comer pipas: después de un rato uno sabe que tiene que dejarlo, pero ve la bolsa, y aún no se ha vaciado, y sigue, que es sólo otro poco más.

Cuando llegamos a Senso-ji, el primero, en el barrio de Asakusa de Tokio, ni siquiera sabíamos que habíamos abierto una bolsa. Sólo habíamos leído que allí guardaban una imagen dorada de Kannon, la diosa budista de la misericordia, que dos pescadores habían sacado de un río en el año 628 y que desde entonces permanecía en el mismo lugar. Aunque la imagen no puede verse y en realidad nadie sabe si sigue allí. El resto de los datos hacen confiar poco: el edificio principal, donde se supone que se guarda la imagen, es una reconstrucción levantada en 1958, la pagoda se rehizo en 1973 y la puerta del Trueno, en 1960.

En cualquier caso, se atraviesa la puerta del Trueno, entre los dos guardianes (Fujin y Raijin), y la escenografía de faroles y pequeñas tiendas de la calle Nakamise-dori consigue cegar cualquier suspicacia. En esta galería comercial trinfan sobre todo las galletas recién horneadas y empaquetadas allí y las katanas de toda clase.

Por si queda alguna duda, al final del pasillo, delante del pabellón principal, se consumen en un caldero decenas de palitos de incienso. Alrededor se agolpan personas de todas las edades que se abanican el humo encima. Dicen que mantiene sano.

Allí se hace lo que en todo templo budista: buscar la suerte. Están los que agitan una especie de gran palillero. Dentro se mezclan cien palillos numerados, del tamaño de los que se usan para comer. Se saca uno, se mira el número y se abre el cajón correspondiente en la pared. Dentro, en medio folio, se puede leer el futuro. Si viene bueno, se guarda en el bolsillo. Si no, se dobla y se abandona atado en un juego de cuerdas, como ropa mojada.

También para la buena suerte puede comprarse en los templos todo tipo de amuletos, colgantes, pulseras. Los hay que protegen de los accidentes de tráfico, que propician la maternidad, espadas que prometen prósperos negocios. Incluso, se supone, puede elegirse el tamaño de la suerte, porque se venden espadas por 3.000 yenes (18 euros) al lado de otras por 1.000.

Mientras se sigue luego de templo en templo, consumiendo la interminable bolsa de pipas, uno no deja de pensar en cómo se decide uno entre los tamaños de espada. O cómo se elige protegerse del tráfico antes que de la enfermedad. O por encima de cualquier otra posibilidad para la que se diseñe un amuleto. Quizá por eso se sigue, por descifrar algo de esa infinita búsqueda de la suerte. O sólo porque parece que hay que seguir.

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