28.8.08

Anotaciones japonesas (5)

Sucede poco en Japón eso de que desaparezca el sendero. Pero hay lugares, como la estación de Nikko, al norte de Tokio, en los que no se ven pistas de por dónde seguir hacia el sitio al que se va. Así que uno se apea del tren con unos cuantos occidentales más, sale a la calle, y finge distraerse con cualquier cosa esperando que algún otro haga el primer movimiento.

Hay quien se ata los cordones, quien revuelve lo que lleva en la mochila, quien limpia unas gafas impolutas. Todos hemos leído que debemos tomar un autobús hacia la zona de los santuarios, pero allí no encontramos ninguno esperando, ni vemos dónde esperarlo a él.

Amenaza lluvia. Incluso caen algunas gotas, jirones de niebla derretidos. Al otro lado de la calle, vemos una tienda abierta, una mezcla de bazar y restaurante, y decidimos comprar un paraguas por si termina cayendo toda la niebla. Cuando cruzamos, los occidentales que se fingían atareados (unos 15) empiezan a caminar detrás. Como si supiéramos.

Se detienen a pocos metros de la tienda mientras hablamos con las dos ancianas que nos venden el paraguas, objeto del que Japón es el principal productor del mundo. También sacamos de allí que al autobús debemos esperarlo al otro lado de la calle.

Regresamos, y al regresar nos cruzamos con el pelotón occidental, que ahora finge estudiar la tienda desde la distancia. Aguantan un rato repartiendo miradas entre el género y el cielo, y enseguida dan la vuelta, para seguir fingiendo a nuestro lado en la parada.

El pueblo parece poco más que eso: un apeader, un grupo de casas insulsas y un camino de un par de kilómetros hasta la zona de santuarios. Carretera arriba, se pasa al lado del famoso puente rojo. Es una reconstrucción (sí, también esto) del que había allí en el siglo XVII, pero igualmente sagrado: hasta 2005 sólo podían usarlo los miembros de la corte imperial. Bajo la réplica roja, la niebla sigue flotando sobre el río.

Más arriba, un musgo tupido cubre las rocas, los faroles de piedra, los troncos. Parecen piezas de un gigantesco envoltorio de tiempo detenido. Los elementos de una escenografía del silencio contagioso. Los santuarios sintoístas (Tosho-gu, Rinno-ji y Futurasan-jinja) están además enterrados en un bosque de cedros de 30 metros, y por allí caminamos todos despacio y sin hablarnos.

Unos pasos por delante, en un jardín que en realidad parece la maqueta de un jardín, va una pareja norteamericana que nos pide casi susurrando que les fotografiemos en un estanque. Después se ofrecen a tomarnos la misma foto. Cuando vuelven a detenerse, apretamos el paso como si no les viéramos. De repente me asalta el pánico de imaginar que en un salón de Wisconsin tienen nuestro mismo viaje con otras caras.

Seguimos en un paseo que es una ascensión continua. Un santuario no es un buen santuario si uno no siente alivio al alcanzarlo. La mejor herramienta para lograrlo son los escalones trucados: la longitud que se sube es siempre mayor que el espacio para colocar el pie, y esa superficie no es horizontal, sino que se ha construido inclinada hacia abajo. Al llegar al final, en realidad se ha subido dos veces una sola escalinata. Quizá es también parte de ese decorado para el silencio, la dificultad de hablar sin resuello.

Así seguimos consumiendo escalones, admirándonos con el musgo, los cedros, la sencillez hipnótica de las construcciones, las hileras de faroles de piedra: una postal en cada recodo casi. Hasta que, ya cerca de las dos de la tarde, cayeron las primeras gotas, estrenamos el paraguas y caminamos en busca del Hippari Dako, un minúsculo restaurante de tres mesas con las paredes y el techo cubiertos con mensajes y tarjetas de visita de comensales anteriores.

–¿Tenéis hambre? –nos pregunta una señora bajita y arrugada.
–Sí, sí.
–Sentaos donde queráis.

A aquella hora se podía elegir cualquiera de las tres mesas. En el local estaban sólo la señora y una chica que la ayudaba, quizá su hija. Cuando nos decidimos y nos sentamos, la señora dejó en la mesa dos vasos de agua, se llevó nuestra botella de plástico vacía para devolvérnosla llena.

Desde la pregunta con la que nos saludó, tuvimos la extraña certeza de que vivía unos segundos por delante. Lo siguiente que hizo fue traer una carta en español. Mientras, leíamos los papelitos que cubren las paredes desde 1990: “Estaba perdido, tenía frío y hambre. Ahora estoy feliz”. Y también: “Pedirse empanadillas, que son aún mejores que las del chino de Plaza España”.

Hicimos caso, y al acabar con las empanadillas, el yakitori, el arroz y los fideos, arrancamos una hoja del cuaderno e Irene nos dibujó al lado de una botella de sidra. La despedida de Nikko para regresar a Tokio. Antes de que terminara, la señora, un paso más allá, y en silencio, había dejado una caja de chinchetas sobre la mesa.

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