30.9.08

Anotaciones japonesas (11)

Kioto reúne 1.600 templos budistas, 400 santuarios sintoístas y 200 de las 1.000 geishas que todavía quedan en Japón. Se cuenta que en 1920 podían contarse unas 80.000 en todo el país. Aunque no es la ciudad en la que más quedan, Kioto resulta un excelente lugar para observar una de las primeras especies en peligro de extinción por la aparición del cazador digital.

El barrio más recomendado para los avistamientos es el de Gion, un entramado de estrechas calles peatonales, diminutas casas de madera y faroles de papel. Por una de esas callejuelas cuajadas de casas de té y restaurantes paseábamos la primera tarde, cuando se nos cruzó una familia de alemanes que corría hacia nuestras espaldas. Con los saltos de la prisa, las cámaras que cargaban colgadas al cuello les golpeaban los costados. A veces, incluso la espalda, cuando se volvían para comprobar si la familia corría realmente unida.

Cuando el primero –el adolescente imberbe y de complexión descuajeringada– alcanzó el cruce, se detuvo y le gritó al resto algo en alemán terminado en "geisha". Detrás de él se deslizó y desapareció un taxi negro que transportaba una. O quizá dos.

Dicen los expertos que al caer la tarde las geishas –personas de las artes– van abandonando el barrio de Gion para dirigirse a sus citas. Veladas en la que su trabajo consiste en entretener a los clientes: recitan versos, bailan, cantan, tocan instrumentos musicales o dan palique con cierta elegancia.

Así que ésa es buena hora para pararse en un cruce, donde los taxis tienen que reducir la velocidad, lo que permite mirar dentro. Como hacían los alemanes, con quienes volvimos a cruzarnos poco después, también al trote. Esa vez sí llegaron a tiempo de apoyar las cámaras sobre el cristal tras el que se sentaban dos geishas recién cubiertas de blanco.

Los de aquella familia no eran los únicos. Se oían carreras por todo el barrio. Cuando se cansaban, se conformaban con las maikos, las aprendices, que atravesaban las callejuelas avanzando con pasos diminutos y traqueteo de suelas de madera.

Aunque los expertos tampoco menosprecian estos avistamientos. Al poco de publicar las fotos de una maiko a la que se le cayó el bolso del susto de vernos, aparecieron varios coleccionistas que las comentaron y se las guardaron. Uno incluso me aseguró que la aprendiz que perdió el bolso se llama Takamari, y que aquella tarde iba acompañada de Takahina.

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