29.9.08

Anotaciones japonesas (10)

En Kioto, los ryokanes se agrupan del mismo modo que las pensiones en Madrid. Aunque se arrastre equipaje, se puede llegar a decenas de ellos caminando desde la estación. Además del modelo de manada que forman, tienen algunas similitudes más: suelen ser negocios familiares y resultan más baratos que un hotel. Pero todo esto, a la japonesa.

Quiero decir que para obtener un ryokan, a la pensión hay que restarle los desconchones, los pasillos ciegos, las láminas grasientas de cacerías, el papel de pared. También se deben quitar las camas, porque en un ryokan se duerme en futones extendidos sobre un suelo de tatami.

Eliminado todo eso y los zapatos (que hay que dejar a la entrada), aún queda la dueña, el elemento más intercambiable entre pensión y ryokan. A la propietaria del nuestro, la conocimos después de apretar el timbre del botones sobre el mostrador. Bajita, sesentona y con gafas, salió resuelta, nos mandó sentarnos en unas sillas colocadas alrededor de una mesita y regresó a la trastienda.

Cuando me encontraba a medio camino de la máquina de bebidas, reapareció con un enorme cuaderno donde anotaba las reservas y me mandó a sentarme de nuevo.

–Necesito un poco de agua –le digo con fastidio.
–Ya beberás cuando llegues a la habitación. Allí tienes agua fresca. Y es gratis. ¿A qué nombre estaba la reserva?

Desde las sillas, con creciente inquietud, la veíamos recorrer una de las páginas del cuaderno sobre el mostrador.

–¿Cómo hiciste la reserva? –me pregunta.
–Llamé por teléfono desde España hace unos diez días –le digo mientras me acerco al mostrador.
–¿Seguro que llamaste a este ryokan, al Kyoraku? –dice después de buscar otro rato en la página.
–Sí, sí, seguro.
–Bueno, siéntate –me ordena, y vuelve a desaparecer en la trastienda.

Vuelve a desaparecer con el enorme cuaderno y nos deja preguntándonos se tendríamos dónde dormir durante un fin de semana de puente que había dejado Kioto sin camas. Cuando regresó, le expliqué cuántas noches le había pedido y en qué condiciones nos habíamos puesto de acuerdo. Miró otro poco y encontró un par de palabras que era cómo había viajado mi nombre después de un deletreo en inglés, ALBAREC BABID. Me acerqué a confirmarle que eso debía de ser y me envió de vuelta a la silla con una hoja para rellenar los datos reales mientras ella desaparecía con los pasaportes.

Cumplidos los trámites, nos permitió levantarnos de las sillas y nos llevó hasta el ascensor, que olía como huelen las casas de las amigas de las abuelas. O como las pensiones. En el trayecto a la habitación, empezó a explicarnos las reglas de la casa, empezando por que cerraba a las once de la noche. Al llegar, siguió con los interruptores, la temperatura de los grifos. El aire acondicionado Cada vez que se nos iba la mirada hacia una zona de la que no estaba hablando, se detenía, carraspeaba, y comenzaba otra vez.

Sobre el aire acondicionado, sólo el manejo de la temperatura y el modo de apagarlo al dejar la habitación. "Lo demás no se toca", dijo muy seria, y siguió con las toallas y los yukatas. Hasta que pensó que habíamos aprendido bien las reglas de su casa. Entonces, ya fuera de la habitación, con el pomo en la mano, insistió: "Al salir, hay que apagar el aire acondicionado, eh".

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