17.9.08

Anotaciones japonesas (8)


Hay cosas que uno olvida hasta que las recuerda en otros. Como el calor en el que flotábamos todo el tiempo. Estaba allí siempre, pero casi no aparece en estas anotaciones. Aunque pesaba como una sauna hermética y en cualquier esquina se veía un japonés detenido espantándose el sudor con una toalla. Quizá también los peces olvidan que viven mojados.

Pero al abrir el cuaderno para ver qué había quedado en él de Kamakura, al sur de Tokio, me he encontrado con la novia de kimono blanco que trepaba desmayada por las escaleras para alcanzar el templo. Con ella subía otra mujer dedicada únicamente a sostenerla. Lo leo, las veo, y recuerdo su cara exprimida y sus pasos tambaleantes sobre suelas de madera. Y también el calor evaporado que nos envolvía. Como si de repente, en el cuaderno, mirara la pecera desde el exterior.

Y dentro de ella subían los novios la escalinata hasta alcanzar un buda. Allí les esperaba un tipo con sotana y gorro negro que empuñaba algo así como una fregona terminada en tiras de papel blanco. Los novios y los invitados que lograron terminar la ascensión formaron en hileras ante el buda, y el hombre agitó la fregona varias veces sobre sus cabezas. Entonces todos dieron tres palmadas, se inclinaron, repitieron las tres palmadas, volvieron a inclinarse y la mujer-báculo se acercó de nuevo a la novia para ayudarla en el regreso.

Mientras bajaban, nos acercamos a un grupo de invitados veinteañeros. Pero casi no hablaban inglés (ni nosotros japonés), y no conseguimos entender nada de lo que acabábamos de ver. Como tampoco conseguimos prever que el derretirse de la novia era presagio del nuestro.

Nos lanzamos a coleccionar algunos de los más de 60 templos zen que pueden verse en Kamakura. Pero esta vez con cierto método. En uno de ellos, compramos un cuaderno de los que pliegan sus páginas como en acordeón. En cada parada había un calígrafo que escribía con pincel el nombre del templo, el del buda allí alojado y la fecha.

Así seguimos un rato, hasta que, además del desmayo de la sauna permanente empezó a amenazarnos el del hambre. Caminamos y caminamos por una carretera estrecha mientras se nos terminaba el agua. En un sentido y en el contrario. No éramos capaces de encontrar ningún lugar. Hasta que vimos la pequeña puerta de un minúsculo restaurante regentado por dos ancianos con los que nos entendimos muy poco mejor que con los invitados de la boda. Pero la sopa de miso y el sushi terminaron con la tortura.

Pese a todo, al salir nos encaminamos a un santuario más. Quizá sólo por rellenar otra página de la libreta de templos. O por contemplar al calígrafo. Resulta fascinante mirar mientras empapa el pincel de tinta y apoya ese antebrazo sobre el otro para elevarlo a unos centímetros del papel, desde donde dibuja los trazos de los caracteres kanji. Una caligrafía que constituye una industria por sí misma.

Al terminar, nos devolvió el cuaderno e intentó explicarnos algo. Como vio que no llegábamos a ninguna parte, agarró un pedazo de papel, señaló a Irene y, mientras metía el pincel en la tinta, dijo: "Para ella. Gratis". Nos explicó que el carácter del centro de la hoja significa "sueño". "Un regalo", dijo.

Por lo demás, Kamakura guarda una gigantesca representación de la envidia, un buda de bronce de 11,4 metros de alto y 850 toneladas. Se construyó en 1252, después de una visita de Yoritomo a Nara en la que vio el mayor buda de Japón. El de Kamakura sigue siendo el segundo en tamaño. Pero asegura que "artísticamente" es superior.

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