24.9.08

Anotaciones japonesas (9)

Las taquillas son un invento maravilloso. Salvo cuando están todas llenas. Entonces uno se ve arrastrando kilos de equipaje y desesperación arriba y abajo en la estación de Odawara, por ejemplo. Y a veces no compite sólo contra su propia suerte. Aquella mañana también buscaban hueco tres chicas latinoamericanas (lo que permitía que entendiéramos sus tácticas, y ellas las nuestras).

Cuando se divisaba un grupo de taquillas al fondo, se organizaban para que una corriera mientras las otras dos se quedaban con los bultos. Las primeras veces nos apresuramos también detrás. Pero nada. Hasta que decidimos dejarlas marchar para tomar la dirección contraria.

Por allí lo que había era un pasillo estrecho que doblaba hacia la izquierda. Y de esa esquina apareció de repente una señora bajita de unos 50 nada partidaria de los preliminares.

–¿Taquillas grandes? –preguntó en inglés.
–Sí.
–Por aquí. Conmigo.

Después de girar a la izquierda se metió con nosotros en un ascensor, donde empezó a contarnos que hacía unos años había estado en España y, en español, recordó su ruta: Madrid, Ávila, Toledo, el museo del Prado... Ahí se dio vuelta el viaje: era nuestro país el que se acababa de convertir en un itinerario.

Para volver a darle la vuelta y seguir siendo los turistas de vacaciones, le contamos que íbamos de Tokio a Kioto, pero que nos habíamos desviado para pasar el día y dormir en Hakone, en las faldas del monte Fuji. Por lo que habíamos leído, Odawara era la última estación antes de llegar allí en la que podíamos dejar parte del equipaje, para seguir sólo con un par de mochilas pequeñas. Entonces llegamos a una pared con otro grupo de taquillas y la mujer desapareció.

Dejamos las maletas, nos colgamos las mochilas y preguntamos por la oficina de turismo, que es donde se compra el Hakone Free Pass, un bono para moverse por la zona en una colección inigualable de transportes: tren, autobús, tren cremallera, funicular, barco pirata. Al entrar, detrás del mostrador, reapareció la señora bajita, que se puso muy contenta y empezó a ofrecer ayuda en español, aunque con cara de no habernos visto nunca antes.

Además de señalarnos en un mapa dónde se encontraba nuestro albergue, nos dijo que se alegraba mucho de que España hubiera ganado la Eurocopa, y aseguró que en Japón todos iban con nosotros. Entonces se quedó unos segundos pensativa y, mientras cerraba los ojos, confesó una debilidad: "Pero a mí quien me gusta es Nadal, mmmm...".

Cuando volvió a abrir los ojos, fue como si hubiera regresado de un trance. Miró de nuevo el mapa: "Tenéis que tomar el autobús 4, que sale dentro de... –miró su reloj– ¡dos minutos! ¡Necesitáis que correr! ¡Rápido! ¡Por allí!". Y por allí corrimos hasta alcanzar el andén con el autobús 4, sin saber qué haríamos una vez a bordo.

El viaje fue como un trabalenguas. Los nombre de todas las paradas eran prácticamente iguales y dudábamos cada vez que nos deteníamos. En la parada que vimos que se parecía más a lo que llevábamos escrito, nos bajamos y nos quedamos en la acera sin saber hacia dónde caminar. El conductor, que no había cerrado aún la puerta, nos preguntó adónde íbamos y nos mandó volver a subir. Entre risas de fondo y manos que cubrían bocas, regresamos a nuestros asientos hasta que, un poco más allá, nos señalaron un cartel con el nombre del albergue, donde nos estaban esperando.

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