12.11.08

Anotaciones japonesas (12)

Conocimos el traductor de D.H. Lawrence al japonés comiendo brochetas de pollo (yakitori) en la barra de un bar de Kioto. Al principio, cuando no sabíamos que era el traductor de D.H. Lawrence al japonés, él parecía mucho más sorprendido de vernos en una barra de un bar en Japón. Su sorpresa casi era susto.

–¿Cómo habéis encontrado este sitio? Tenéis mucha suerte –dijo, e hizo una pausa para tomar un bocado de pollo–. Tenéis suerte de haber encontrado este sitio. Buena comida a precios muy razonables. Mucha suerte. ¿Cómo lo habéis encontrado?
–Lo vimos en una guía –le dije, pero su asombro no le dejaba oír bien.

El cocinero, que seguramente había visto ya llegar antes a otros muchos como nosotros, y sabía perfectamente cómo había sido, sonreía en silencio. Manejaba una pequeña parrilla de leña detrás de la barra en la que cabían dos hileras de ocho o nueve brochetas. Les iba dando la vuelta a gran velocidad mientras escuchaba el asombro de aquel hombre calvo y algo bronceado, del que entonces no sabíamos nada.

–Tenéis mucha suerte –insistió.
–Ya. La verdad es que está muy bueno todo –a punto de terminar lo primero que habíamos pedido, estábamos ya dándole vueltas a qué más íbamos a probar.
–No es fácil encontrar sitios como éste en Kioto.

Entonces, el cocinero, sin dejar de girar los palillos de las brochetas, le confirmó que el local aparecía mencionado en una guía, y nuestro compañero de barra se quedó más tranquilo. Como si acabara de estallarse el globo del enigma.

A partir de entonces, dejó de mirarnos como si tuviéramos antenas naranjas saliendo de la frente. Éramos como cualquier cliente de siempre de los de aquella barra. Aunque recién llegados. Quizá por eso se esforzó en explicarnos algunas cosas. Como el gusto de los japoneses por lo diminuto, algo en lo que insistió bastante. O que aprenden el idioma con el lado derecho del cerebro, como sucede también con la música en cualquier parte del mundo, y que ése es el único modo de no sufrir problemas con los caracteres kanji.

Ya en confianza, nos recomendó que dejáramos de beber cerveza o agua y que nos pasáramos al shochu, una especie de brandy de sake. Entonces fue cuando llegamos a la fase de contarnos que hacíamos cada uno cuando no estábamos en aquella barra con las brochetas de pollo.

–Traduzco del inglés.
–¿Qué tipo de libros traduce?
–A D.H. Lawrence. El del amante de lady Chatterley. Pero no esa novela. He traducio los ensayos, y ahora estoy con las cartas.

Se agachó y levantó una bolsa de papel que había apoyado a sus pies bajo la barra. Metió la mano y sacó un taco de unos 250 folios entreverado de marcadores de colores. "Esto es en lo que estoy trabajando. Ya casi lo tengo terminado", dijo, y rápidamente devolvió la bolsa a su refugio en el suelo. Podía haber sido esa traducción o el manual de instrucciones de un frigorífico. Casi ni lo vimos. Pero allí se terminó la historia.

Charlamos un rato de nada hasta que se agotó esa nada. Pagamos la cuenta, nos intercambiamos direcciones electrónicas y dijimos adiós. Cuando ya caminábamos hacia la puerta, recuperó el aire inicial de atrapado en el interior de un enigma, y se despidió: "Habéis tenido mucha suerte de encontrar este sitio".

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