30.3.09

No poder ser otro



De lo de Pepe el del Popular se me han quedado dos ideas que he encontrado encerradas en ese pedazo suyo de dedo ausente (ver el círculo blanco en la foto). La primera, más evidente y general, es que resulta más sencillo escamotear 6.000 millones que ser otro. La segunda es algo más privada. Consiste en la certeza de que desde los dos años, cuando la puerta de la calle se cerró con mi índice derecho en el quicio, quedé condenado a ser sólo yo y ese yo debía ser, por fuerza, un tipo honesto, porque lo contrario terminaría en fracaso.

Parece una bobada, pero la vida de este Pepe, José Pérez Díaz, quedó delineada un 16 de julio, en la fiesta de la Descarga de Cangas de Narcea, cuando uno de los miles de voladores que estallan ese día en cinco minutos se llevó por delante la mitad del dedo corazón de su mano izquierda. Cuando digo delineada me refiero a que desde entonces su vida iba a poder ser sólo una. Casi sin importar lo que hiciera. Ni los 6.000 millones de pesetas que estafó a cientos de personas en Santander pudieron comprarle otra vida. Ni detrás de ellos pudo desparecer. Y eso que dio los mejores pasos para la propia disolución en la nada. Pese a la dificultad, encontró un nombre aún más insulso que José Pérez: escogió apellidarse García, el más común en español en el mundo. Una genialidad. Además, aunque decían que tenía los 6.000 millones, se dedicaba a vender azulejos y baños. Sin duda, eso le colocaba un paso de ser nadie. Pero se ve que resulta imposible ser nadie sin tener todos los dedos completos. No se puede ser más que aquel que se es, y la prueba se recibe cuando se intenta volar a Chicago, que para Pepe el del Popular se convirtió en el filtro mayúsculo de la autenticidad. El visado le señaló el muñón, le arrebató el García y le devolvió al día del Carmen en Cangas.

Sé que es extraño, pero le señaló un dedo inexistente, que también le indicó el molde en el que debía quedarse, castigado a no ser nunca otro, por mucho que pudiera pagar. Quizá por eso, hace años, cuando me vieron con el índice en el quicio, mis padres corrieron a quien me lo cosiera. Pero el remiendo se nota, y ahora sé que nunca podré ser ni estafador ni nada. Atrapado en aquella puerta.