7.4.09

El 2050 y las lecciones del mentol

No sé si en la ortodoxia un olor puede ser considerado paisaje, pero no tengo dudas de que sí lo es en la memoria. Al menos en la de este domingo, cuando me lancé a correr los 21.097 metros del medio maratón de Madrid con Ángel (que me ayudó), Diego (que perdió el bigote) y Mathieu (que terminó como si nada).

Al principio, mientras nos movíamos por el Retiro y yo, con el número 2050, buscaba sin éxito al 7 (Marc Roig, a quien no he visto nunca), el olor-paisaje no era todavía tal. Entonces aún circulaba desconyuntado, como leves pinceladas sueltas que aún no se han estrellado contra el lienzo. Después, cuando los alrededor de 12.000 que andábamos por allí nos fuimos amontonando antes de la salida, las pinceladas se entrelazaron y ascendían en vaharadas de mentol ácido.

Eran los parches de reflex y radiosalil en miles de dolores repartidos por tobillos, gemelos, muslos. Ya me lo había advertido el fisioterapeuta cuando me aflojó el psoas, el músculo que en las vacas se sirve como solomillo. En la salida no iba a ser el único que apestara a miedo al dolor.

Esa peste es como el paisaje de cualquier vida: a casi todos los que corren les duele siempre algo que les impide hacerlo tan rápido como en realidad podrían, del mismo modo que a todos nos pasa siempre algo que no nos deja el tiempo suficiente (o la atención, la energía, los medios) para hacer cualquier cosa tan bien como en realidad sabemos.

Pero lo que sucede es que por detrás de la realidad se desliza siempre el paisaje del mentol, que refleja las taras que cubre. Siempre se dispone de menos tiempo del necesario para escribir una buena crónica, y siempre (o casi) duele algo cuando se corre. O pincha, o pesa, o roza. Pero es fruto del propio correr. El periodismo, por poner un caso, vive sumergido en la prisa, y el correr, en el mentol.

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El domingo, con el 2050, conseguí casi todo lo que me proponía: terminé la carrera, y lo hice en menos de dos horas, pero no encontré al 7, que acabó casi 50 minutos antes.