11.9.09

El instante Almodóvar

De repente, ayer por la tarde creí haber comprendido completamente a Almodóvar. Como si se hubiera encendido ante mí un aleph y dentro estuviera sólo Almodóvar, pero estuviera todo Almodóvar. Un sobresalto, claro. Miraba desde la terraza cómo se ponía el sol en el mar, y se me ocurrió que quizá debería tomar una fotografía. Me gustaba tanto sentarme en la terraza y mirar cómo se ponía el sol que pensé que quizá sí era posible inmortalizar, o detener, o qué sé yo. Ahí, lógicamente, aún no había aparecido Almodóvar.

El caso es que no me levanté inmediatamente a por la cámara, sino que me quedé un rato estudiando si la cosa era para tanto. Estaba el mar levemente picado de espuma, rompiendo como de lado en la playa. Estaba la playa misma estirándose hacia Barbate, lamida por lengüetazos de arena. Estaba el sol, cayéndose entre una celosía de nubes que nacían del agua como un abanico de piedras, de tal forma que los rayos se disparaban hacia mí corriendo sobre el empedrado. Estaba todo eso y también, en la esquina inferior izquierda de la futura foto, dos diminutas figuras de pie que parecían una pareja haciéndose arrumacos. Ahí ya entró Almodóvar. Todo Almodóvar. Con aquella historia suya de que su última película había nacido de una fotografía de una playa que había tomado hacía tiempo en la que encontró un día, muy intrigado, una pareja abrazándose casi fuera ya del marco. Aseguraba Almodóvar en la entrevista en la que regalaba esta decisiva confidencia que sobre ese bulto marginal se apoyaba secretamente su última obra. Repentinamente, la foto que iba a tomar yo, y que veía tan ñoña al repasar sus elementos, me pareció que podía llegar a ser lo más decisivo de mi carrera. Mi foto ya no era sólo mi foto, sino que bullía en ella la intensidad de una filmografía; si no la historia del cine al completo. Puro Almodóvar.

Tampoco su foto olvidada era una foto olvidada: aquellos que hacían sus cosas en un extremo, descubiertos casualmente, eran el corazón secreto de una película. Y también al revés: aquella película que era sólo una película, de repente, en la promoción, escondía un secreto intimísimo (los que hacía sus cosas y de los que Almodóvar nada sabía). Así miraba yo mis dos figuras, convencido de estar descubriendo casi la poesía metafísica, al tiempo que comprendía del todo y repentinamente a Almodóvar. Y así se fueron los dos, sin haber tomado la foto, y se me pasó, también repentinamente, toda la tontería.